lunes, 15 de abril de 2013

Marianela - Benito Pérez Galdós

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.org

Este libro electrónico es para el uso de cualquiera en cualquier lugar sin costo alguno y casi sin restricción alguna. Puede copiarlo, regalarlo o reutilizar bajo los términos de la Licencia de Project Gutenberg incluida con este libro electrónico o en línea en www.gutenberg.org

 

Marianela


Por Benito Pérez Galdós


Imprenta y Litografía de La Guirnalda


Madrid 1878


-I-

Perdido

Se puso el sol. Tras el breve crepúsculo vino tranquila y oscura la
noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los últimos rumores de la
tierra soñolienta, y el viajero siguió adelante en su camino,
apresurando su paso a medida que avanzaba la noche. Iba por angosta
vereda, de esas que sobre el césped traza el constante pisar de hombres
y brutos, y subía sin cansancio por un cerro en cuyas vertientes se
alzaban pintorescos grupos de guinderos, hayas y robles. (Ya se ve que
estamos en el Norte de España.)

Era un hombre de mediana edad, de complexión recia, buena talla, ancho
de espaldas, resuelto de ademanes, firme de andadura, basto de
facciones, de mirar osado y vivo, ligero a pesar de su regular obesidad,
y (dígase de una vez aunque sea prematuro) excelente persona por
doquiera que se le mirara. Vestía el traje propio de los señores
acomodados que viajan en verano, con el redondo sombrerete, que debe a
su fealdad el nombre de hongo, gemelos de campo pendientes de una
correa, y grueso bastón que, entre paso y paso, le servía para apalear
las zarzas cuando extendían sus ramas llenas de afiladas uñas para
atraparle la ropa.

Detúvose, y mirando a todo el círculo del horizonte, parecía impaciente
y desasosegado. Sin duda no tenía gran confianza en la exactitud de su
itinerario y aguardaba el paso de algún aldeano que le diese buenos
informes topográficos para llegar pronto y derechamente a su destino.

--No puedo equivocarme--murmuró--. Me dijeron que atravesara el río por
la pasadera... así lo hice. Después que marchara adelante, siempre
adelante. En efecto, allá, detrás de mí queda esa apreciable villa, a
quien yo llamaría _Villafangosa_ por el buen surtido de lodos que hay en
sus calles y caminos.... De modo que por aquí, adelante, siempre
adelante (me gusta esta frase, y si yo tuviera escudo no le pondría otra
divisa) he de llegar a las famosas minas de Socartes.

Después de andar largo trecho, añadió:

--Me he perdido, no hay duda de que me he perdido.... Aquí tienes,
Teodoro Golfín, el resultado de tu _adelante_, _siempre adelante_. Estos
palurdos no conocen el valor de las palabras. O han querido burlarse de
ti, o ellos mismos ignoran dónde están las minas de Socartes. Un gran
establecimiento minero ha de anunciarse con edificios, chimeneas, ruido
de arrastres, resoplido de hornos, relincho de caballos, trepidación de
máquinas, y yo no veo, ni huelo, ni oigo nada.... Parece que estoy en un
desierto... ¡qué soledad! Si yo creyera en brujas, pensaría que mi
destino me proporcionaba esta noche el honor de ser presentado a
ellas.... ¡Demonio!, ¿pero no hay gente en estos lugares?... Aún falta
media hora para la salida de la luna. ¡Ah!, bribona, tú tienes la culpa
de mi extravío.... Si al menos pudiera conocer el sitio donde me
encuentro.... ¿Pero qué más da? (Al decir esto, hizo un gesto propio del
hombre esforzado que desprecia los peligros). Golfín, tú que has dado la
vuelta al mundo, ¿te acobardarás ahora?... ¡Ah!, los aldeanos tenían
razón: adelante, siempre adelante. La ley universal de la locomoción no
puede fallar en este momento.

Y puesta denodadamente en ejecución aquella osada ley, recorrió un
kilómetro, siguiendo a capricho las veredas que le salían al paso y se
cruzaban y se quebraban en ángulos mil, cual si quisiesen engañarle y
confundirle más. Por grande que fuera su resolución e intrepidez, al fin
tuvo que pararse. Las veredas, que al principio subían, luego empezaron
a bajar, enlazándose; y al fin bajaron tanto, que nuestro viajero
hallose en un talud, por el cual sólo habría podido descender echándose
a rodar.

--¡Bonita situación!--exclamó sonriendo y buscando en su buen humor
lenitivo a la enojosa contrariedad--. ¿En dónde estás, querido Golfín?
Esto parece un abismo. ¿Ves algo allá abajo? Nada, absolutamente nada...
pero el césped ha desaparecido, el terreno está removido. Todo es aquí
pedruscos y tierra sin vegetación, teñida por el óxido de hierro.... Sin
duda estoy en las minas... pero ni alma viviente, ni chimeneas
humeantes, ni ruido, ni un tren que murmure a lo lejos, ni siquiera un
perro que ladre.... ¿Qué haré?, hay por aquí una vereda que vuelve a
subir. ¿Seguirela? ¿Desandaré lo andado?... ¡Retroceder! ¡Qué absurdo! O
yo dejo de ser quien soy, o llegaré esta noche a las famosas minas de
Socartes y abrazaré a mi querido hermano. Adelante, siempre adelante.

Dio un paso y hundiose en la frágil tierra movediza.

--¿Esas tenemos, señor planeta?... ¿Con que quiere usted tragarme?... Si
ese holgazán satélite quisiera alumbrar un poco, ya nos veríamos las
caras usted y yo.... Y a fe que por aquí abajo no hemos de ir a ningún
paraíso. Parece esto el cráter de un volcán apagado.... Hay que andar
suavemente por tan delicioso precipicio. ¿Qué es esto? ¡Ah! Una piedra;
magnífico asiento para echar un cigarro, esperando a que salga la luna.

El discreto Golfín se sentó tranquilamente como podría haberlo hecho en
el banco de un paseo; y ya se disponía a fumar, cuando sintió una voz...
sí, indudablemente era una voz humana que lejos sonaba, un quejido
patético, mejor dicho, melancólico canto, formado de una sola frase,
cuya última cadencia se prolongaba apianándose en la forma que los
músicos llamaban _morendo_, y que se apagaba al fin en el plácido
silencio de la noche, sin que el oído pudiera apreciar su vibración
postrera.

--Vamos--dijo el viajero lleno de gozo--, humanidad tenemos. Ese es el
canto de una muchacha; sí, es voz de mujer, y voz preciosísima. Me gusta
la música popular de este país.... Ahora calla.... Oigamos, que pronto
ha de volver a empezar.... Ya, ya suena otra vez. ¡Qué voz tan bella,
qué melodía tan conmovedora! Creeríase que sale de las profundidades de
la tierra y que el señor de Golfín, el hombre más serio y menos
supersticioso del mundo, va a andar en tratos ahora con los silfos,
ondinas, gnomos, hadas y toda la chusma emparentada con la loca de la
casa.... Pero, si no me engaña el oído, la voz se aleja.... La graciosa
cantora se va.... ¡Eh! Muchacha, aguarda, detén el paso.

La voz, que durante breve rato había regalado con encantadora música el
oído del hombre extraviado, se iba perdiendo en la inmensidad tenebrosa,
y a los gritos de Golfín, el canto extinguiose por completo. Sin duda la
misteriosa entidad gnómica, que entretenía su soledad subterránea
cantando tristes amores, se había asustado de la brusca interrupción del
hombre, huyendo a las más hondas entrañas de la tierra, donde moran,
avaras de sus propios fulgores, las piedras preciosas.

--Esta es una situación divina--murmuró Golfín, considerando que no
podía hacer mejor cosa que dar lumbre a su cigarro--. No hay mal que
cien años dure. Aguardemos fumando. Me he lucido con querer venir solo y
a pie a las minas de Socartes. Mi equipaje habrá llegado primero, lo que
prueba de un modo irrebatible las ventajas del _adelante_, _siempre
adelante_.»

Moviose entonces ligero vientecillo, y Teodoro creyó sentir pasos
lejanos en el fondo de aquel desconocido o supuesto abismo que ante sí
tenía. Puso atención y no tardó en adquirir la certeza de que alguien
andaba por allí. Levantándose, gritó:

--Muchacha, hombre, o quien quiera que seas, ¿se puede ir por aquí a las
minas de Socartes?

No había concluido, cuando oyose el violento ladrar de un perro, y
después una voz de hombre, que dijo:

--Choto, Choto, ven aquí.

--¡Eh!--gritó el viajero--. Buen amigo, muchacho de todos los demonios,
o lo que quiera que seas, sujeta pronto ese perro, que yo soy hombre de
paz!

--¡Choto, Choto!

Golfín vio que se le acercaba un perro negro y grande; mas el animal,
después de gruñir junto a él, retrocedió llamado por su amo. En tal
punto y momento, el viajero pudo distinguir una figura, un hombre, que
inmóvil y sin expresión, cual muñeco de piedra, estaba en pie a
distancia como de diez varas más abajo de él, en una vereda trasversal
que aparecía irregularmente trazada por todo lo largo del talud. Este
sendero y la humana figura detenida en él llamaron vivamente la atención
de Golfín, que dirigiendo gozosa mirada al cielo, exclamó:

--¡Gracias a Dios!, al fin salió esa loca. Ya podemos saber dónde
estamos. No sospechaba yo que tan cerca de mí existiera esta senda....
Pero si es un camino.... ¡Hola!, amiguito, ¿puede usted decirme si estoy
en las minas de Socartes?

--Sí, señor, estas son las minas de Socartes, aunque estamos un poco
lejos del establecimiento.

La voz que esto decía era juvenil y agradable, y resonaba con las
simpáticas inflexiones que indican una disposición a prestar servicios
con buena voluntad y cortesía. Mucho gustó al doctor oírla, y más aún
observar la dulce claridad que, difundiéndose por los espacios antes
oscuros, hacía revivir cielo y tierra, cual si se los sacara de la nada.

--_Fiat lux_--dijo descendiendo--. Me parece que acabo de salir del caos
primitivo. Ya estamos en la realidad.... Bien, amiguito, doy a usted
gracias por las noticias que me ha dado y las que aún ha de darme....
Salí de Villamojada al ponerse el sol. Dijéronme que adelante, siempre
adelante....

--¿Va usted al establecimiento?--preguntó el misterioso joven,
permaneciendo inmóvil y rígido, sin mirar al doctor, que ya estaba
cerca.

--Sí, señor; pero sin duda equivoqué el camino.

--Esta no es la entrada de las minas. La entrada es por la pasadera de
Rabagones, donde está el camino y el ferro-carril en construcción. Por
allá hubiera usted llegado en diez minutos al establecimiento. Por aquí
tardaremos más, porque hay bastante distancia y muy mal camino. Estamos
en la última zona de explotación, y hemos de atravesar algunas galerías
y túneles, bajar escaleras, pasar trincheras, remontar taludes,
descender el plano inclinado; en fin, recorrer todas las minas de
Socartes desde un extremo, que es este, hasta el otro extremo, donde
están los talleres, los hornos, las máquinas, el laboratorio y las
oficinas.

--Pues a fe mía que ha sido floja mi equivocación--dijo Golfín riendo.

--Yo le guiaré a usted con mucho gusto, porque conozco estos sitios
perfectamente.

Golfín, hundiendo los pies en la tierra, resbalando aquí y bailoteando
más allá, tocó al fin el benéfico suelo de la vereda, y su primera
acción fue examinar al bondadoso joven. Breve rato estuvo el doctor
dominado por la sorpresa.

--Usted...--murmuró.

--Soy ciego, sí, señor--añadió el joven--; pero sin vista sé recorrer de
un cabo a otro las minas de Socartes. El palo que uso me impide
tropezar, y Choto me acompaña, cuando no lo hace la Nela, que es mi
lazarillo. Con que sígame usted y déjese llevar.

-II-

Guiado

--¿Ciego de nacimiento?--dijo Golfín con vivo interés que no era sólo
inspirado por la compasión.

--Sí, señor, de nacimiento--repuso el ciego con naturalidad. No conozco
el mundo más que por el pensamiento, el tacto y el oído. He podido
comprender que la parte más maravillosa del universo es esa que me está
vedada. Yo sé que los ojos de los demás no son como estos míos, sino que
por sí conocen las cosas; pero este don me parece tan extraordinario,
que ni siquiera comprendo la posibilidad de poseerlo.

--Quién sabe...--manifestó Teodoro--¿pero qué es esto que veo, amigo
mío, qué sorprendente espectáculo es este?

El viajero, que había andado algunos pasos junto a su guía, se detuvo
asombrado de la fantástica perspectiva que se ofrecía ante sus ojos.
Hallábase en un lugar hondo, semejante al cráter de un volcán, de suelo
irregular, de paredes más irregulares aún. En los bordes y en el centro
de la enorme caldera, cuya magnitud era aumentada por el engañoso
claro-oscuro de la noche, se elevaban figuras colosales, hombres
disformes, monstruos volcados y patas arriba, brazos inmensos
desperezándose, pies truncados, desparramadas figuras semejantes a las
que forma el caprichoso andar de las nubes en el cielo; pero quietas,
inmobles, endurecidas. Era su color el de las momias, un color terroso
tirando a rojo; su actitud la del movimiento febril sorprendido y
atajado por la muerte. Parecía la petrificación de una orgía de
gigantescos demonios; y sus manotadas, los burlones movimientos de sus
desproporcionadas cabezas habían quedado fijos como las inalterables
actitudes de la escultura. El silencio que llenaba el ámbito del
supuesto cráter era un silencio que daba miedo. Creeríase que mil voces
y aullidos habían quedado también hechos piedra, y piedra eran desde
siglos de siglos.

--¿En dónde estamos, buen amigo?--dijo Golfín--. Esto es una pesadilla.

--Esta zona de la mina se llama la Terrible--repuso el ciego indiferente
al estupor de su compañero de camino--. Ha estado en explotación hasta
que hace dos años se agotó el mineral de calamina. Hoy los trabajos se
hacen en otras zonas que hay más arriba. Lo que a usted le maravilla son
los bloques de piedra que llaman cretácea y de arcilla ferruginosa
endurecida que han quedado después de sacado el mineral. Dicen que esto
presenta un golpe de vista sublime, sobre todo a la luz de la luna. Yo
de nada de eso entiendo.

--Espectáculo asombroso, sí--dijo el forastero deteniéndose en
contemplarlo--, pero que a mí antes me causa espanto que placer, porque
lo asocio al recuerdo de mis neuralgias. ¿Sabe usted lo que me parece?
Me parece que estoy viajando por el interior de un cerebro atacado de
violentísima jaqueca. Estas figuras son como las formas perceptibles que
afecta el dolor cefalálgico, confundiéndose con los terroríficos bultos
y sombrajos que engendra la fiebre.

--¡Choto, Choto, aquí!--dijo el ciego--. Caballero, mucho cuidado ahora,
que vamos a entrar en una galería.

En efecto, Golfín vio que el ciego, tocando el suelo con su palo, se
dirigía hacia una puertecilla estrecha, cuyo marco eran tres gruesas
vigas.

El perro entró primero olfateando la negra cavidad. Siguole el ciego con
la impavidez de quien vive en perpetuas tinieblas. Teodoro fue detrás,
no sin experimentar cierta repugnancia instintiva hacia la importuna
excursión bajo la tierra.

--Es pasmoso--dijo--que usted entre y salga por aquí sin tropiezo.

--Me he criado en estos sitios y los conozco como mi propia casa. Aquí
se siente frío; abríguese usted si tiene con qué. No tardaremos mucho en
salir.

Iba palpando con su mano derecha la pared, formada de vigas
perpendiculares. Después dijo:

--Cuide usted de no tropezar en los carriles que hay en el suelo. Por
aquí se arrastra el mineral de las pertenencias de arriba. ¿Tiene usted
frío?

--Diga usted, buen amigo--interrogó el doctor festivamente--. ¿Está
usted seguro de que no nos ha tragado la tierra? Este pasadizo es un
esófago. Somos pobres bichos que hemos caído en el estómago de un gran
insectívoro. ¿Y usted, joven, se pasea mucho por estas amenidades?

--Mucho paseo por aquí a todas horas, y me agrada extraordinariamente.
Ya hemos entrado en la parte más seca. Esto es arena pura.... Ahora
vuelve la piedra.... Aquí hay filtraciones de agua sulfurosa; por aquí
una capa de tierra, en que se encuentran conchitas de piedra.... También
hay capas de pizarra: esto llaman esquistos.... ¿Oye usted cómo canta el
sapo? Ya estamos cerca de la boca. Allí se pone ese holgazán todas las
noches. Le conozco; tiene una voz ronca y pausada.

--¿Quién, el sapo?

--Sí, señor. Ya nos acercamos al fin.

--En efecto; allá veo como un ojo que nos mira. Es la claridad de la
boca.

Cuando salieron, el primer accidente que hirió los sentidos del doctor,
fue el canto melancólico que había oído antes. Oyolo también el ciego;
volviose bruscamente y dijo sonriendo con placer y orgullo:

--¿La oye usted?

--Antes oí esa voz y me agradó sobremanera. ¿Quién es la que canta?...

En vez de contestar, el ciego se detuvo, y dando al viento la voz con
toda la fuerza de sus pulmones, gritó:

--¡Nela!... ¡Nela!

Ecos sonorosos, próximos los unos, lejanos otros, repitieron aquel
nombre.

El ciego, poniéndose las manos en la boca en forma de bocina, gritó:

--No vengas, que voy allá. ¡Espérame en la herrería... en la herrería!

Después, volviéndose al doctor, le dijo:

--La Nela es una muchacha que me acompaña; es mi lazarillo. Al anochecer
volvíamos juntos del prado grande... hacía un poco de fresco. Como mi
padre me ha prohibido que ande de noche sin abrigo, metime en la cabaña
de Romolinos, y la Nela corrió a mi casa a buscarme el gabán. Al poco
rato de estar en la cabaña, acordeme de que un amigo había quedado en
esperarme en casa; no tuve paciencia para aguardar a la Nela, y salí con
Choto. Pasaba por la Terrible, cuando le encontré a usted.... Pronto
llegaremos a la herrería. Allí nos separaremos, porque mi padre se enoja
cuando entro tarde en casa, y ella le acompañará a usted hasta las
oficinas.

--Muchas gracias, amigo mío.

El túnel les había conducido a un segundo espacio más singular que el
anterior. Era una profunda grieta abierta en el terreno, a semejanza de
las que resultan de un cataclismo; pero no había sido abierta por las
palpitaciones fogosas del planeta, sino por el laborioso azadón del
minero. Parecía el interior de un gran buque náufrago, tendido sobre la
playa, y a quien las olas hubieran quebrado por la mitad, doblándole en
un ángulo obtuso. Hasta se podían ver sus descarnados costillajes, cuyas
puntas coronaban en desigual fila una de las alturas. En la concavidad
panzuda distinguíanse grandes piedras, como restos de carga maltratados
por las olas; y era tal la fuerza pictórica del claro-oscuro de la luna,
que Golfín creyó ver, entre mil despojos de cosas náuticas, cadáveres
medio devorados por los peces, momias, esqueletos, todo muerto, dormido,
semi-descompuesto y profundamente tranquilo, cual si por mucho tiempo
morara en la inmensa sepultura del mar.

La ilusión fue completa cuando sintió rumor de agua, un chasquido
semejante al de las olas mansas cuando juegan en los huecos de una peña
o azotan el esqueleto de un buque náufrago.

--Por aquí hay agua--dijo a su compañero.

--Ese ruido que usted siente--replicó el ciego deteniéndose--y que
parece... ¿cómo lo diré? ¿no es verdad que parece ruido de gárgaras,
como el que hacemos cuando nos curamos la garganta?

--Exactamente. ¿Y dónde está ese buche de agua? ¿Es algún arroyo que
pasa?

--No, señor. Aquí, a la izquierda, hay una loma. Detrás de ella se abre
una gran boca, una sima, un abismo cuyo fin no se sabe. Se llama la
Trascava. Algunos creen que va a dar al mar por junto a Ficóbriga. Otros
dicen que por el fondo de él corre un río que está siempre dando vueltas
y más vueltas, como una rueda, sin salir nunca fuera. Yo me figuro que
será como un molino. Algunos dicen que hay allá abajo un resoplido de
aire que sale de las entrañas de la tierra, como cuando silbamos, el
cual resoplido de aire choca contra un chorro de agua, se ponen a reñir,
se engrescan, se enfurecen y producen ese hervidero que oímos de fuera.

--¿Y nadie ha bajado a esa sima?

--No se puede bajar sino de una manera.

--¿Cómo?

--Arrojándose a ella. Los que han entrado no han vuelto a salir, y es
lástima, porque nos hubieran dicho qué pasaba allá dentro. La boca de
esa caverna hállase a bastante distancia de nosotros; pero hace dos años
los mineros, cavando en este sitio, descubrieron una hendidura en la
peña, por la cual se oye el mismo hervor de agua que por la boca
principal. Esta hendidura debe comunicar con las galerías de allá
dentro, donde está el resoplido que sube y el chorro que baja. De día
podrá usted verla perfectamente, pues basta trepar un poco por las
piedras del lado izquierdo, para llegar hasta ella. Hay un cómodo
asiento. Algunas personas tienen miedo de acercarse; pero la Nela y yo
nos sentamos allí muy a menudo a oír cómo resuena la voz del abismo. Y
efectivamente, señor, parece que nos hablan al oído. La Nela dice y jura
que oye palabras, que las distingue claramente. Yo, la verdad, nunca he
oído palabras; pero sí un murmullo como soliloquio o meditación, que a
veces parece triste, a veces alegre, a veces colérico, a veces burlón.

--Pues yo no oigo sino ruido de gárgaras--dijo el doctor riendo.

--Así parece desde aquí... Pero no nos retardemos, que es tarde.
Prepárese usted a pasar otra galería.

--¿Otra?

--Sí, señor. Y ésta, al llegar a la mitad se divide en dos. Hay después
un laberinto de vueltas y revueltas, porque se hicieron galerías que
después quedaron abandonadas, y aquello está como Dios quiere. Choto,
adelante.

Choto se metió por un agujero, como hurón que persigue al conejo, y
siguiéronle el doctor y su guía, que tentaba con su palo el tortuoso,
estrecho y lóbrego camino. Nunca el sentido del tacto había tenido más
delicadeza y finura, prolongándose desde la epidermis humana hasta un
pedazo de madera insensible. Avanzaron, describiendo primero una curva,
después ángulos y más ángulos, siempre entre las dos paredes de tablones
húmedos y medio podridos.

--¿Sabe usted a lo que me parece esto?--dijo el doctor, conociendo que
los símiles agradaban a su guía--. Pues se me parece a los pensamientos
del hombre perverso. Parece que somos la intuición del malo, cuando
penetra en su conciencia para verse en toda su fealdad.

Creyó Golfín que se había expresado en lenguaje poco inteligible para el
ciego; mas éste probole lo contrario, diciendo:

--Para el que posee ese reino desconocido de la luz, estas galerías
deben de ser tristes; pero yo, que vivo en tinieblas, hallo aquí cierta
conformidad de la tierra con mi propio ser. Yo ando por aquí como usted
por la calle más ancha. Si no fuera porque unas veces es escaso el aire
y otras la humedad excesiva, preferiría estos lugares subterráneos a
todos los demás lugares que conozco.

--Esto es la idea de la meditación.

--Yo siento en mi cerebro un paso, un agujero lo mismo que este por
donde voy, y por él corren mis ideas desarrollándose magníficamente.

--¡Oh! ¡cuán lamentable cosa es no haber visto nunca la bóveda azul del
cielo en pleno día!--exclamó el doctor con espontaneidad suma--. Dígame
usted, ¿este conducto donde las ideas de usted se desarrollan
magníficamente, no se acaba nunca?

--Ya, ya pronto estaremos fuera.... ¿Dice usted que la bóveda del
cielo...? ¡Ah! Ya me figuro que será una concavidad armoniosa, a la cual
parece que podremos alcanzar con las manos, sin poder hacerlo realmente.

Al decir esto, salieron; Golfín, respirando con placer y fuerza, como el
que acaba de soltar un gran peso, exclamó mirando al cielo:

--Gracias a Dios que os vuelvo a ver, estrellitas del firmamento. Nunca
me habéis parecido más lindas que en este instante.

--Al pasar--dijo el ciego, alargando su mano que mostraba una piedra--he
cogido este pedazo de caliza cristalizada; ¿sostendrá usted que estos
cristalitos que mi tacto halla tan bien cortados, tan finos, y tan bien
pegados los unos a los otros no son una cosa muy bella? Al menos a mí me
lo parece.

Diciéndolo, desmenuzaba los cristales.

--Amigo querido--dijo Golfín con emoción y lástima--es verdaderamente
triste que usted no pueda conocer que ese pedruzco no merece la atención
del hombre, mientras esté suspendido sobre nuestras cabezas el infinito
rebaño de maravillosas luces que llenan la bóveda del cielo.

El ciego volvió su rostro hacia arriba, y dijo con profunda tristeza:

--¿Es verdad que existís, estrellas?

--Dios es inmensamente grande y misericordioso--observó Golfín, poniendo
su mano sobre el hombro de su acompañante--. Quién sabe, quién sabe,
amigo mío.... Se han visto, se ven todos los días casos muy raros.

Mientras esto decía, le miraba de cerca, tratando de examinar a la
escasa claridad de la noche las pupilas del joven. Fijo y sin mirada, el
ciego volvía sonriendo su rostro hacia donde sonaba la voz del doctor.

--No tengo esperanza--murmuró.

Habían salido a un sitio despejado. La luna, más clara a cada rato,
iluminaba praderas ondulantes y largos taludes, que parecían las
escarpas de inmensas fortificaciones. A la izquierda y a regular altura
vio el doctor un grupo de blancas casas en el mismo borde de la
vertiente.

--Aquí a la izquierda--dijo el ciego--está mi casa. Allá arriba... ¿sabe
usted? Aquellas tres casas es lo que queda del lugar de Aldeacorba de
Suso: lo demás ha sido expropiado en diversos años para beneficiar el
terreno; todo aquí debajo es calamina. Nuestros padres vivían sobre
miles de millones sin saberlo.

Esto decía, cuando se vino corriendo hacia ellos una muchacha, una niña,
una chicuela, de ligerísimos pies y menguada estatura.

--Nela, Nela--dijo el ciego--. ¿Me traes el abrigo?

--Aquí está--repuso la muchacha poniéndole un capote sobre los hombros.

--¿Ésta es la que cantaba?... ¿Sabes que tienes una preciosa voz?

--¡Oh!--exclamó el ciego con candoroso acento de encomio--canta
admirablemente--. Ahora, Mariquilla, vas a acompañar a este caballero
hasta las oficinas. Yo me quedo en casa. Ya siento la voz de mi padre
que baja a buscarme. Me reñirá de seguro.... ¡Allá voy, allá voy!

--Retírese usted pronto, amigo--dijo Golfín estrechándole la mano--. El
aire es fresco y puede hacerle daño. Muchas gracias por la compañía.
Espero que seremos amigos, porque estaré aquí algún tiempo.... Yo soy
hermano de Carlos Golfín, el ingeniero de estas minas.

--¡Ah!... ya.... D. Carlos es muy amigo de mi padre y mío: le espera a
usted desde ayer.

--Llegué esta tarde a la estación de Villamojada... dijéronme que
Socartes estaba cerca y que podía venirme a pie. Como me gusta ver el
paisaje y hacer ejercicio, y como me dijeron que adelante, siempre
adelante, eché a andar, mandando mi equipaje en un carro. Ya ve usted
cómo me perdí... pero no hay mal que por bien no venga... le he conocido
a usted y seremos amigos, quizás muy amigos.... Vaya, adiós; a casa
pronto, que el fresco de Setiembre no es bueno. Esta señora Nela tendrá
la bondad de acompañarme.

--De aquí a las oficinas no hay más que un cuarto de hora de camino...
poca cosa.... Cuidado no tropiece usted en los rails; cuidado al bajar
el plano inclinado. Suelen dejar los vagonetes sobre la vía... y con la
humedad, la tierra está como jabón.... Adiós, caballero y amigo mío.
Buenas noches.

Subió por una empinada escalera abierta en la tierra y cuyos peldaños
estaban reforzados con vigas. Golfín siguió adelante, guiado por la
Nela. Lo que hablaron ¿merecerá capítulo aparte? Por si acaso, se lo
daremos.

-III-

Un diálogo que servirá de exposición

--Aguarda, hija, no vayas tan a prisa--dijo Golfín deteniéndose--déjame
encender un cigarro.

Estaba tan serena la noche, que no necesitó emplear las precauciones que
generalmente adoptan contra el viento los fumadores. Encendido el
cigarro, acercó la cerilla al rostro de la Nela, diciendo con bondad:

--A ver, enséñame tu cara.

Mirábale la muchacha con asombro, y sus negros ojuelos brillaron con un
punto rojizo, como chispa, en el breve instante que duró la luz del
fósforo. Era como una niña, pues su estatura debía contarse entre las
más pequeñas, correspondiendo a su talle delgadísimo y a su busto
mezquinamente constituido. Era como una jovenzuela, pues sus ojos no
tenían el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de
un organismo en que ha entrado o debido entrar el juicio. A pesar de
esta desconformidad, era admirablemente proporcionada, y su pequeña
cabeza remataba con cierta gallardía el miserable cuerpecillo. Alguien
decía que era una mujer mirada con vidrio de disminución; alguno que era
una niña con ojos y expresión de adolescente. No conociéndola, se dudaba
si era un asombroso progreso o un deplorable atraso.

--¿Qué edad tienes tú?--preguntole Golfín sacudiendo los dedos para
arrojar el fósforo, que empezaba a quemarle.

--Dicen que tengo diez y seis años--replicó la Nela, examinando a su vez
al doctor.

--¡Diez y seis años! Atrasadilla estás, hija. Tu cuerpo es de doce, a lo
sumo.

--¡Madre de Dios! Si dicen que yo soy como un fenómeno--manifestó ella
en tono de lástima de sí misma.

--¡Un fenómeno!--repitió Golfín poniendo su mano sobre los cabellos de
la chica--. Podrá ser. Vamos, guíame.

La Nela comenzó a andar resueltamente sin adelantarse mucho, antes bien,
cuidando de ir siempre al lado del viajero, como si apreciara en todo su
valor la honra de tan noble compañía. Iba descalza: sus pies, ágiles y
pequeños denotaban familiaridad consuetudinaria con el suelo, con las
piedras, con los charcos, con los abrojos. Vestía una falda sencilla y
no muy larga, denotando en su rudimentario atavío, así como en la
libertad de sus cabellos sueltos y cortos, rizados con nativa elegancia,
cierta independencia más propia del salvaje que del mendigo. Sus
palabras, al contrario, sorprendieron a Golfín por lo recatadas y
humildes, dando indicios de un carácter formal y reflexivo. Resonaba su
voz con simpático acento de cortesía, que no podía ser hijo de la
educación, y sus miradas eran fugaces y momentáneas, como no fueran
dirigidas al suelo o al cielo.

--Dime--le preguntó Golfín--¿tú vives en las minas? ¿Eres hija de algún
empleado de esta posesión?

--Dicen que no tengo madre ni padre.

--¡Pobrecita! Tú trabajarás en las minas....

--No, señor. Yo no sirvo para nada--replicó sin alzar del suelo los
ojos.

--Pues a fe que tienes modestia.

Teodoro se inclinó para mirarle el rostro. Este era delgado, muy pecoso,
todo salpicado de menudas manchitas parduzcas. Tenía pequeña la frente,
picudilla y no falta de gracia la nariz, negros y vividores los ojos;
pero comúnmente brillaba en ellos una luz de tristeza. Su cabello
dorado-oscuro había perdido el hermoso color nativo por la incuria y su
continua exposición al aire, al sol y al polvo. Sus labios apenas se
veían de puro chicos, y siempre estaban sonriendo; pero aquella sonrisa
era semejante a la imperceptible de algunos muertos cuando han dejado de
vivir pensando en el cielo. La boca de la Nela, estéticamente hablando,
era desabrida, fea; pero quizás podía merecer elogios, aplicándole el
verso de Polo de Medina: «_es tan linda su boca que no pide_». En
efecto; ni hablando, ni mirando, ni sonriendo revelaba aquella miserable
el hábito degradante de la mendicidad callejera.

Golfín le acarició el rostro con su mano, tomándolo por la barba y
abarcándolo casi todo entre sus gruesos dedos.

--¡Pobrecita!--exclamó--. Dios no ha sido generoso contigo. ¿Con quién
vives?

--Con el señor Centeno, capataz de ganado en las minas.

--Me parece que tú no habrás nacido en la abundancia. ¿De quién eres
hija?

--Dicen que mi madre vendía pimientos en el mercado de Villamojada. Era
soltera. _Me tuvo_ un día de Difuntos, y después se fue a criar a
Madrid.

--¡Vaya con la buena señora!--murmuró Teodoro con malicia--. Quizás no
tenga nadie noticia de quién fue tu papá.

--Sí, señor--replicó la Nela con cierto orgullo--. Mi padre fue el
primero que encendió las luces en Villamojada.

--¡Cáspita!

--Quiero decir que cuando el Ayuntamiento puso por primera vez faroles
en las calles--dijo la muchacha, dando a su relato la gravedad de la
historia--, mi padre era el encargado de encenderlos y limpiarlos. Yo
estaba ya criada por una hermana de mi madre, que era también soltera,
según dicen. Mi padre había reñido con ella.... Dicen que vivían
juntos... todos vivían juntos... y cuando iba a farolear me llevaba en
el cesto, junto con los tubos de vidrio, las mechas, la aceitera.... Un
día dicen que subió a limpiar el farol que hay en el puente; puso el
cesto sobre el antepecho, yo me salí fuera y caíme al río.

--¡Y te ahogaste!

--No, señor; porque caí sobre piedras. ¡Divina Madre de Dios! Dicen que
antes de eso era yo muy bonita.

--Sí; indudablemente eras muy bonita--afirmó el forastero con el alma
inundada de bondad--. Y todavía lo eres.... Pero dime otra cosa. ¿Hace
mucho tiempo que vives en las minas?

--Dicen que hace tres años. Dicen que mi madre me recogió después de la
caída. Mi padre cayó enfermo, y como mi madre no le quiso asistir,
porque era malo, él fue al hospital donde dicen que se murió. Entonces
vino mi madre a trabajar a las minas. Dicen que un día la despidió el
jefe porque había bebido mucho aguardiente....

--Y tu madre se fue.... Vamos, ya me interesa esa señora. Se fue....

--Se fue a un agujero muy grande que hay allá arriba--dijo Nela,
deteniéndose ante el doctor y dando a su voz el tono más patético--y se
metió dentro.

--¡Canario! ¡Vaya un fin lamentable! Supongo que no habrá vuelto a
salir.

--No, señor--replicó la Nela con naturalidad--. Allí dentro está.

--Después de esa catástrofe, pobre criatura--dijo Golfín con cariño--,
has quedado trabajando aquí. Es un trabajo muy penoso el de la minería.
Tú estás teñida del color del mineral; estás raquítica y mal alimentada.
Esta vida destruye las naturalezas más robustas.

--No, señor, yo no trabajo. Dicen que yo no sirvo ni puedo servir para
nada.

--Quita allá, tonta, tú eres una alhaja.

--Que no señor--dijo Nela insistiendo con energía--. Si no puedo
trabajar. En cuanto cargo un peso pequeño, me caigo al suelo. Si me
pongo a hacer alguna cosa difícil en seguida me desmayo.

--Todo sea por Dios.... Vamos, que si cayeras tú en manos de personas
que te supieran manejar, ya trabajarías bien.

--No, señor--repitió la Nela con tanto énfasis como si se elogiara--; si
yo no sirvo más que de estorbo.

--¿De modo que eres una vagabunda?

--No, señor, porque acompaño a Pablo.

--¿Y quién es Pablo?

--Ese señorito ciego, a quien usted encontró en la Terrible. Yo soy su
lazarillo desde hace año y medio. Le llevo a todas partes; nos vamos por
esos campos paseando.

--Parece buen muchacho ese Pablo.

La Nela se detuvo otra vez mirando al doctor. Con el rostro
resplandeciente de entusiasmo, exclamó:

--¡Madre de Dios! Es lo mejor que hay en el mundo. ¡Pobre amito mío! Sin
vista tiene él más talento que todos los que ven.

--Me gusta tu amo. ¿Es de este país?

--Sí, señor, es hijo único de D. Francisco Penáguilas, un caballero muy
bueno y muy rico que vive en las casas de Aldeacorba.

--Dime ¿y a ti por qué te llaman la Nela? ¿Qué quiere decir eso?

La muchacha alzó los hombros. Después de una pausa, repuso:

--Mi madre se llamaba la señá María Canela; pero le decían Nela. Dicen
que este es nombre de perra. Yo me llamo María.

--Mariquita.

--María Nela me llaman y también La Hija de la Canela. Unos me dicen
Marianela, y otros nada más que la Nela.

--¿Y tu amo, te quiere mucho?

--Sí, señor, es muy bueno. Él dice que ve con mis ojos, porque como le
llevo a todas partes y le digo cómo son todas las cosas....

--Todas las cosas que no puede ver.

El forastero parecía muy gustoso de aquel coloquio.

--Sí, señor; yo le digo todo. Él me pregunta cómo es una estrella, y yo
se la pinto de tal modo hablando, que para él es lo mismito que si la
viera. Yo le explico todo, cómo son las yerbas, las nubes, el cielo, el
agua y los relámpagos, las veletas, las mariposas, el humo, los
caracoles, el cuerpo y la cara de las personas y de los animales. Yo le
digo lo que es feo y lo que es bonito, y así se va enterando de todo.

--Veo que no es flojo tu trabajo. ¡Lo feo y lo bonito! Ahí es nada...
¿Te ocupas de eso?... Dime, ¿sabes leer?

--No, señor. Si yo no sirvo para nada.

Decía esto en el tono más convincente, y el gesto de que acompañaba su
firme protesta parecía añadir: «Es usted un majadero en suponer que yo
sirvo para algo.»

--¿No verías con gusto que tu amito recibía de Dios el don de la vista?

La muchacha no contestó nada. Después de una pausa, dijo:

--¡Divino Dios! Eso es imposible.

--Imposible no, aunque difícil.

--El ingeniero director de las minas ha dado esperanzas al padre de mi
amo.

--¿D. Carlos Golfín?

--Sí, señor. D. Carlos tiene un hermano médico que cura los ojos, y,
según dicen, da vista a los ciegos, arregla a los tuertos y les endereza
los ojos a los bizcos.

--¡Qué hombre más hábil!

--Sí, señor; y como ahora el médico anunció a su hermano que iba a
venir, su hermano le escribió diciéndole que trajera las herramientas
para ver si le podía dar vista a Pablo.

--¿Y ha venido ya ese buen hombre?

--No, señor: como anda siempre allá por las Américas y las Inglaterras,
parece que tardará en venir. Pero Pablo se ríe de esto y dice que no le
dará ese hombre lo que la Virgen Santísima le negó desde el nacer.

--Quizás tenga razón.... Pero dime, ¿estamos ya cerca?... porque veo
chimeneas que arrojan un humo más negro que el del infierno, y veo
también una claridad que parece de fragua.

--Sí, señor, ya llegamos. Aquellos son los hornos de la calcinación, que
arden día y noche. Aquí enfrente están las máquinas de lavado, que no
trabajan sino de día; a mano derecha está el taller de composturas y
allá abajo, a lo último de todo, las oficinas.

En efecto; el lugar aparecía a los ojos de Golfín como lo describía
Marianela. Esparciéndose el humo por falta de aire, envolvía en una como
gasa oscura y sucia todos los edificios, cuyas masas negras señalábanse
confusa y fantásticamente sobre el cielo iluminado por la luna.

--Más hermoso es esto para verlo una vez que para vivir aquí--indicó
Golfín apresurando el paso--. La nube de humo lo envuelve todo, y las
luces forman un disco borroso, como el de la luna en noches de bochorno.
¿En dónde están las oficinas?

--Allá: ya pronto llegamos.

Después de pasar por delante de los hornos, cuyo calor obligole a
apretar el paso, el doctor vio un edificio tan negro y ahumado como
todos los demás. Verlo y sentir los gratos sonidos de un piano teclado
con verdadero frenesí musical, fue todo uno.

--Música tenemos. Conozco las manos de mi cuñada.

--Es la señorita Sofía, que toca--afirmó María.

Claridad de alegres habitaciones lucía en los huecos, y el balcón
principal estaba abierto. Veíase en él una pequeña ascua: era la lumbre
de un cigarro. Antes que el doctor llegase, aquella ascua cayó,
describiendo una perpendicular y dividiéndose en menudas y saltonas
chispas; era que el fumador había arrojado la colilla.

--Allí está el fumador sempiterno--gritó el doctor con acento del más
vivo cariño--. ¡Carlos, Carlos!

--¡Teodoro!--contestó una voz en el balcón.

Calló el piano, como un ave cantora que se asusta del ruido. Sonaron
pasos en la casa. El doctor dio una moneda de plata a su guía y corrió
hacia la puerta.

-IV-

La familia de piedra

Menudeando el paso y saltando sobre los obstáculos que hallaba en su
camino, la Nela se dirigió a la casa que está detrás de los talleres de
maquinaria y junto a las cuadras donde rumiaban pausada y gravemente las
sesenta mulas del establecimiento. Era la morada del señor Centeno de
moderna construcción, si bien nada elegante ni aun cómoda. Baja de
techo, pequeña para albergar en sus tres piezas a los esposos Centeno, a
los cuatro hijos de los esposos Centeno, al gato de los esposos Centeno,
y, por añadidura, a la Nela, la casa, no obstante, figuraba en los
planos de vitela de aquel gran establecimiento ostentando orgullosa,
como otras muchas, este letrero: _Vivienda de capataces_.

En lo interior el edificio servía para probar prácticamente un aforismo
que ya conocemos, por haberlo visto enunciado por la misma Marianela;
es, a saber, que ella, Marianela, no servía más que de estorbo. En
efecto; allí había sitio para todo: para los esposos Centeno, para las
herramientas de sus hijos, para mil cachivaches de cuya utilidad no hay
pruebas inconcusas, para el gato, para el plato en que comía el gato,
para la guitarra de Tanasio, para los materiales que el mismo empleaba
en componer _garrotes_ (cestas), para media docena de colleras viejas de
mulas, para la jaula del mirlo, para los dos peroles inútiles, para un
altar en que la de Centeno ponía a la Divinidad ofrenda de flores de
trapo y unas velas seculares, colonizadas por las moscas; para todo
absolutamente, menos para la hija de la Canela. Frecuentemente se oía:

--¡Que no he de dar un paso sin tropezar con esta condenada Nela!...

También se oía esto:

--Vete a tu rincón.... ¡Qué criatura! Ni hace ni deja hacer a los demás.

La casa constaba de tres piezas y un desván. Era la primera, a más de
comedor y sala, alcoba de los Centenos mayores. En la segunda dormían
las dos señoritas, que eran ya mujeres, y se llamaban la Mariuca y la
Pepina. Tanasio, el primogénito, se agasajaba en el desván, y Celipín,
que era el más pequeño de la familia y frisaba en los doce años, tenía
su dormitorio en la cocina, la pieza más interna, más remota, más
crepuscular, más ahumada y más inhabitable de las tres que componían la
morada Centenil.

La Nela, durante los largos años de su residencia allí, había ocupado
distintos rincones, pasando de uno a otro conforme lo exigía la
instalación de mil objetos que no servían sino para robar a los seres
vivos su último pedazo de suelo habitable. En cierta ocasión (no
conocemos la fecha con exactitud), Tanasio, que era tan imposibilitado
de piernas como de ingenio, y se había dedicado a la construcción de
cestas de avellano, puso en la cocina, formando pila, hasta media docena
de aquellos ventrudos ejemplares de su industria. Entonces la de la
Canela volvió tristemente sus ojos en derredor, sin hallar sitio donde
albergarse; pero la misma contrariedad sugiriole repentina y felicísima
idea, que al instante puso en ejecución. Metiose bonitamente en una
cesta, y así pasó la noche en fácil y tranquilo sueño. Indudablemente
aquello era bueno y cómodo: cuando tenía frío, tapábase con otra cesta.
Desde entonces, siempre que había _garrotes_ grandes, no careció de
estuche en que encerrarse. Por eso decían en la casa: «Duerme como una
alhaja».

Durante la comida, y entre la algazara de una conversación animada sobre
el trabajo de la mañana, oíase una voz que bruscamente decía: «Toma». La
Nela recogía una escudilla de manos de cualquier Centeno grande o chico,
y se sentaba contra el arca a comer sosegadamente. También solía oírse
al fin de la comida la voz áspera y becerril del señor Centeno diciendo
a su esposa en tono de reconvención: «Mujer, que no has dado nada a la
pobre Nela». A veces acontecía que la Señana (este nombre se había
formado de señora Ana) moviera la cabeza para buscar con los ojos, por
entre los cuerpos de sus hijos, algún objeto pequeño y lejano, y que al
mismo tiempo dijera: «Pues qué, ¿estaba ahí? Yo pensé que también hoy se
había quedado en Aldeacorba».

Por las noches, después de cenar, rezaban el rosario. Tambaleándose como
sacerdotisas de Baco, y revolviendo sus apretados puños en el hueco de
los ojos, la Mariuca y la Pepina se iban a sus lechos, que eran cómodos
y confortantes, paramentados con abigarradas colchas. Poco después oíase
un roncante dúo de contraltos aletargados que duraba sin interrupción
hasta el amanecer.

Tanasio subía al alto aposento y Celipín se acurrucaba sobre haraposas
mantas, no lejos de las cestas donde desaparecía la Nela.

Acomodados así los hijos, los padres permanecían un rato en la pieza
principal, y mientras Centeno, sentándose estiradamente junto a la
mesilla y tomando un periódico, hacía mil muecas y visajes que indicaban
el atrevido intento de leerlo, la Señana sacaba del arca una media
repleta de dinero, y después de contado y de añadir o quitar algunas
piezas, lo volvía a poner cuidadosamente en su sitio. Sacaba después
diferentes líos de papel que contenían monedas de oro, y trasegaba
algunas piezas de uno en otro apartadijo. Entonces solían oírse frases
sueltas como éstas:

--He tomado treinta y dos reales para el refajo de la Mariuca.... A
Tanasio le he puesto los seis reales que se le quitaron.... Sólo nos
faltan once duros para los quinientos....

O como estas:

--«Señores diputados que dijeron sí...» «Ayer celebró una conferencia»,
etc.

Los dedos de Señana sumaban, y el de Sinforoso Centeno seguía tembloroso
y vacilante los renglones, para poder guiar su espíritu por aquel
laberinto de letras.

Aquellas frases iban poco a poco resolviéndose en palabras sueltas,
después en monosílabos; oíase un bostezo, otro, y al fin todo quedaba en
plácido silencio, después de extinguida la luz, a cuyo resplandor había
enriquecido sus conocimientos el capataz de mulas.

Una noche, después que todo calló, dejose oír ruido de cestas en la
cocina. Como allí había alguna claridad, porque jamás se cerraba la
madera del ventanillo, Cilipín Centeno, que no dormía aún, vio que las
dos cestas más altas, colocadas una contra otra, se separaban abriéndose
como las conchas de un bivalvo. Por el hueco aparecieron la narizilla y
los negros ojos de la Nela.

--Celipín, Celipinillo--dijo esta, sacando también su mano--. ¿Estás
dormido?

--No, despierto estoy. Nela, pareces una almeja. ¿Qué quieres?

--Toma, toma esta peseta que me dio esta noche un caballero, hermano de
D. Carlos.... ¿Cuánto has juntado ya?... Este sí que es regalo. Nunca te
había dado más que cuartos.

--Dame acá; muchas gracias Nela--dijo el muchacho incorporándose para
tomar la moneda--. Cuarto a cuarto, ya me has dado al pie de treinta y
dos reales.... Aquí lo tengo en el seno, muy bien guardadito en el saco
que me diste. ¡Eres una real moza!

--Yo no quiero para nada el dinero. Guárdalo bien, porque si la Señana
te lo descubre, creerá que es para vicios y te pegará con el palo
grande.

--No, no es para vicios, no es para vicios--dijo el chico con energía,
oprimiéndose el seno con una mano, mientras sostenía su cabeza en la
otra--es para hacerme hombre de provecho, Nela, para hacerme hombre de
pesquis, como muchos que conozco. El domingo, si me dejan ir a
Villamojada, he de comprar una cartilla para aprender a leer, ya que
aquí no quieren enseñarme. ¡Córcholis! Aprenderé solo. ¡Ay!, Nela, dicen
que D. Carlos era hijo de uno que barría las calles en Madrid. Él solo,
solito él, con la ayuda de Dios, aprendió todo lo que sabe.

--Puede que pienses tú hacer lo mismo, bobo.

--¡Córcholis! Puesto que mis padres no quieren sacarme de estas
condenadas minas, yo me buscaré otro camino; sí, ya verás quién es
Celipín. Yo no sirvo para esto, Nela. Deja tú que tenga reunida una
buena cantidad, y verás, verás, cómo me planto en la villa y allí o tomo
el tren para irme a Madrid, o un vapor que me lleve a las islas de allá
lejos, o me meto a servir con tal que me dejen estudiar.

--¡Madre de Dios divino! ¡Qué calladas tenías esas picardías!--dijo la
Nela abriendo más las conchas de su estuche y echando fuera toda la
cabeza.

--¿Pero tú me tienes por bobo?... ¡Ay! Nelilla, estoy rabiando. Yo no
puedo vivir así, yo me muero en las minas. ¡Córcholis! Paso las noches
llorando, y me muerdo las manos, y... no te asustes, Nela, ni me creas
malo por lo que voy a decirte: a ti sola te lo digo.

--¿Qué?

--Que no quiero a mi madre ni a mi padre como los debiera querer.

--Ea, pues si haces eso, no te vuelvo a dar un real. Celipín, por amor
de Dios, piensa bien lo que dices.

--No lo puedo remediar. Ya ves cómo nos tienen aquí. ¡Córcholis! No
somos gente, sino animales. A veces se me pone en la cabeza que somos
menos que las mulas, y yo me pregunto si me diferencio en algo de un
borrico.... Coger una cesta llena de mineral y echarla en un vagón;
empujar el vagón hasta los hornos; revolver con un palo el mineral que
se está lavando. ¡Ay!... (al decir esto los sollozos cortaban la voz del
infeliz muchacho). ¡Cór... córcholis!, el que pase muchos años en este
trabajo, al fin se ha de volver malo, y sus sesos serán de calamina....
No, Celipín no sirve para esto.... Les digo a mis padres que me saquen
de aquí y me pongan a estudiar, y responden que son pobres y que yo
tengo mucha _fantesía_. Nada, nada, no somos más que bestias que ganamos
un jornal.... ¿Pero tú no me dices nada?

La Nela no respondió... Quizás comparaba la triste condición de su
compañero con la suya propia, hallando esta infinitamente más aflictiva.

--¿Qué quieres tú que yo te diga?--replicó al fin--. Como yo no puedo
ser nunca nada, como yo no soy persona, nada te puedo decir.... Pero no
pienses esas cosas malas, no pienses eso de tus padres.

--Tú lo dices por consolarme; pero bien ves que tengo razón... y me
parece que estás llorando.

--Yo no.

--Sí; tú estás llorando.

--Cada uno tiene sus cositas que llorar--repuso María con voz
sofocada--. Pero es muy tarde, Celipe, y es preciso dormir.

--Todavía no... ¡córcholis!

--Sí, hijito. Duérmete y no pienses en esas cosas malas. Buenas noches.

Cerráronse las conchas de almeja y todo quedó en silencio.

Se ha declamado mucho contra el positivismo de las ciudades, plaga que
entre las galas y el esplendor de la cultura, corroe los cimientos
morales de la sociedad; pero hay una plaga más terrible, y es el
positivismo de las aldeas, que petrifica millones de seres, matando en
ellos toda ambición noble y encerrándoles en el círculo de una
existencia mecánica, brutal y tenebrosa. Hay en nuestras sociedades
enemigos muy espantosos, a saber: la especulación, el agio, la
metalización del hombre culto, el negocio; pero sobre éstos descuella un
monstruo que a la callada destroza más que ninguno: es la codicia del
aldeano. Para el aldeano codicioso no hay ley moral, ni religión, ni
nociones claras del bien; todo esto se resuelve en su alma con
supersticiones y cálculos groseros, formando un todo inexplicable. Bajo
el hipócrita candor, se esconde una aritmética parda que supera en
agudeza y perspicacia a cuanto idearon los matemáticos más expertos. Un
aldeano que toma el gusto a los ochavos y sueña con trocarlos en plata
para convertir después la plata en oro, es la bestia más innoble que
puede imaginarse; porque tiene todas las malicias y sutilezas del hombre
y una sequedad de sentimientos que espanta. Su alma se va condensando,
hasta no ser más que un graduador de cantidades. La ignorancia, la
rusticidad, la miseria en el vivir completan esta abominable pieza,
quitándole todos los medios de disimular su descarnado interior.
Contando por los dedos, es capaz de reducir a números todo el orden
moral, la conciencia y el alma toda.

La Señana y el señor Centeno, que habían hallado al fin, después de mil
angustias, su _pedazo de pan_ en las minas de Socartes, reunían, con el
trabajo de sus cuatro hijos un jornal que les habría parecido fortuna de
príncipes en los tiempos en que andaban de feria en feria vendiendo
pucheros. Debe decirse, tocante a las facultades intelectuales del señor
Centeno, que su cabeza, en opinión de muchos, rivalizaba en dureza con
el martillo-pilón montado en los talleres; no así tocante a las de
Señana, que parecía mujer de muchísimo caletre y trastienda, y gobernaba
toda la casa como gobernaría el más sabio príncipe sus Estados. Ella
apandaba bonitamente el jornal de su marido y de sus hijos, que era una
hermosa suma, y cada vez que había cobranza, parecíale que entraba por
las puertas de su casa el mismo Jesús Sacramentado; tal era el gusto que
la vista de las monedas le producía.

La Señana daba muy pocas comodidades a sus hijos en cambio de la
hacienda que con las manos de ellos iba formando; pero como no se
quejaban de la degradante miseria en que vivían; como no mostraban nunca
pujos de emancipación ni anhelo de otra vida mejor y más digna de seres
inteligentes, la Señana dejaba correr los días. Muchos pasaron antes que
sus hijas durmieran en camas; muchísimos antes que cubrieran sus lozanas
carnes con vestidos decentes. Dábales de comer sobria y metódicamente,
haciéndose partidaria en esto de los preceptos higiénicos más en boga;
pero la comida en su casa era triste, como un pienso dado a seres
humanos.

En cuanto al pasto intelectual, la Señana creía firmemente que con la
erudición de su esposo el señor Centeno, adquirida en copiosas lecturas,
tenía bastante la familia para merecer el dictado de sapientísima, por
lo cual no trató de atiborrar el espíritu de sus hijos con las rancias
enseñanzas que se dan en la escuela. Si los mayores asistieron a ella,
el más pequeño viose libre de maestros, y engolfado vivía durante doce
horas diarias en el embrutecedor trabajo de las minas, con lo cual toda
la familia navegaba ancha y holgadamente por el inmenso piélago de la
estupidez.

Las dos hembras, Mariuca y Pepina no carecían de encantos, siendo los
principales su juventud y su robustez. Una de ellas leía de corrido; la
otra no, y en cuanto a conocimientos del mundo, fácilmente se comprende
que no carecería de algunos rudimentos quien vivía entre risueño coro de
ninfas de distintas edades y procedencias, ocupadas en un trabajo
mecánico y con boca libre. Mariuca y Pepina eran muy apechugadas, muy
derechas, fuertes y erguidas como amazonas. Vestían falda corta,
mostrando media pantorrilla y el carnoso pie descalzo, y sus rudas
cabezas habrían lucido mucho sosteniendo un arquitrabe como las mujeres
de la Caria. El polvillo de la calamina que las teñía de pies a cabeza,
como a los demás trabajadores de las minas, dábales aire de colosales
figuras de barro crudo.

Tanasio era un hombre apático. Su falta de carácter y de ambición
rayaban en el idiotismo. Encerrado en las cuadras desde su infancia,
ignorante de toda travesura, de toda contrariedad, de todo placer, de
toda pena, aquel joven, que ya había nacido dispuesto a ser máquina, se
convirtió poco a poco en la herramienta más grosera. El día en que
semejante ser tuviera una idea propia, se cambiaría el orden admirable
de todas las cosas, por el cual ninguna piedra puede pensar.

Las relaciones de esta prole con su madre, que era la gobernadora de
toda la familia, eran las de una docilidad absoluta por parte de los
hijos y de un dominio soberano por parte de la Señana. El único que
solía mostrar indicios de rebelión era el chiquitín. La Señana, en sus
cortos alcances, no comprendía aquella aspiración diabólica a dejar de
ser piedra. ¿Por ventura había existencia más feliz y ejemplar que la de
los peñascos? No admitía, no, que fuera cambiada, ni aun por la de canto
rodado. Y Señana amaba a sus hijos; ¡pero hay tantas maneras de amar!
Ella les ponía por encima de todas las cosas, siempre que se avinieran a
trabajar perpetuamente en las minas, a amasar en una sola artesa todos
sus jornales, a obedecerla ciegamente y a no tener aspiraciones
locas, ni afán de lucir galas, ni de casarse antes de tiempo, ni
de aprender diabluras, ni de meterse en sabidurías, porque los
pobres--decía--siempre habían de ser pobres y como pobres portarse, y no
querer parlanchinear como los ricos y gente de la ciudad, que estaba
toda comida de vicios y podrida de pecados.

Hemos descrito el trato que tenían en casa de Centeno los hijos para que
se comprenda el que tendría la Nela, criatura abandonada, sola, inútil,
incapaz de ganar jornal, sin pasado, sin porvenir, sin abolengo, sin
esperanza, sin personalidad, sin derecho a nada más que al sustento.
Señana se lo daba, creyendo firmemente que su generosidad rayaba en
heroísmo. Repetidas veces dijo para sí al llenar la escudilla de la
Nela:--¡Qué bien me gano mi puestecico en el cielo!

Y lo creía como el Evangelio. En su cerrada mollera no entraban ni
podían entrar otras luces sobre el santo ejercicio de la caridad; no
comprendía que una palabra cariñosa, un halago, un trato delicado y
amante que hicieran olvidar al pequeño su pequeñez, al miserable su
miseria, son heroísmos de más precio que el bodrio sobrante de una mala
comida. ¿Por ventura no se daba lo mismo al gato? Y este al menos oía
las voces más tiernas. Jamás oyó la Nela que se la llamara _michita_,
_monita_, ni que le dijeran _re-preciosa_, ni otros vocablos melosos y
conmovedores con que era obsequiado el gato.

Jamás se le dio a entender a la Nela que había nacido de criatura
humana, como los demás habitantes de la casa. Nunca fue castigada; pero
ella entendió que este privilegio se fundaba en la desdeñosa lástima que
inspiraba su menguada constitución física, y de ningún modo en el
aprecio de su persona. Nunca se le dio a entender que tenía un alma
pronta a dar ricos frutos si se la cultivaba con esmero, ni que llevaba
en sí, como los demás mortales, ese destello del eterno saber que se
nombra inteligencia humana, y que de aquel destello podían salir
infinitas luces y lumbre bienhechora. Nunca se le dio a entender que en
su pequeñez fenomenal llevaba en sí el germen de todos los sentimientos
nobles y delicados, y que aquellos menudos brotes podían ser flores
hermosísimas y lozanas, sin más cultivo que una simple mirada de vez en
cuando. Nunca se le dio a entender que tenía derecho, por el mismo rigor
de la Naturaleza al criarla, a ciertas atenciones de que pueden estar
exentos los robustos, los sanos, los que tienen padres y casa propia;
pero que corresponden por jurisprudencia cristiana al inválido, al
pobre, al huérfano y al desheredado.

Por el contrario, todo le demostraba su semejanza con un canto rodado,
el cual ni siquiera tiene forma propia, sino aquella que le dan las
aguas que lo arrastran y el puntapié del hombre que lo desprecia. Todo
le demostraba que su jerarquía dentro de la casa era inferior a la del
gato, cuyo lomo recibía las más finas caricias, y a la del mirlo que
saltaba en su jaula.

Al menos, de estos no se dijo nunca con cruel compasión: «Pobrecita,
mejor cuenta le hubiera tenido morirse».

-V-

Trabajo. Paisaje. Figura

El humo de los hornos que durante toda la noche velaban respirando con
bronco resoplido se plateó vagamente en sus espirales más remotas;
apareció risueña claridad por los lejanos términos y detrás de los
montes, y poco a poco fueron saliendo sucesivamente de la sombra los
cerros que rodean a Socartes, los inmensos taludes de tierra rojiza, los
negros edificios. La campana del establecimiento gritó con aguda voz:
«Al trabajo», y cien hombres soñolientos salieron de las casas,
cabañas, chozas y agujeros. Rechinaban los goznes de las puertas; de las
cuadras salían pausadamente las mulas, dirigiéndose solas al abrevadero,
y el establecimiento, que poco antes semejaba una mansión fúnebre
alumbrada por la claridad infernal de los hornos, se animaba moviendo
sus miles de brazos.

El vapor principió a zumbar en las calderas del gran automóvil, que
hacía funcionar a un tiempo los aparatos de los talleres y el aparato de
lavado. El agua, que tan principal papel desempeñaba en esta operación,
comenzó a correr por las altas cañerías, de donde debía saltar sobre los
cilindros. Risotadas de mujeres y ladridos de hombres que venían de
tomar la mañana, precedieron a la faena; y al fin empezaron a girar las
cribas cilíndricas con infernal chillido; el agua corría de una en otra,
pulverizándose, y la tierra sucia se atormentaba con vertiginoso
voltear, rodando y cayendo de rueda en rueda, hasta convertirse en fino
polvo achocolatado. Sonaba aquello como mil mandíbulas de dientes flojos
que mascaran arena; parecía molino por el movimiento mareante;
kaleidoscopio, por los juegos de la luz, del agua y de la tierra; enorme
sonajero, de innúmeros cachivaches compuesto, por el ruido. No se podía
fijar la atención, sin sentir vértigo, en aquel voltear incesante de una
infinita madeja de hilos de agua, ora claros y transparentes, ora
teñidos de rojo por la arcilla ferruginosa; ni cabeza humana que no
estuviera hecha a tal espectáculo, podría presenciar el feroz combate de
mil ruedas dentadas que sin cesar se mordían unas a otras, y de ganchos
que se cruzaban royéndose, y de tornillos que, al girar, clamaban con
lastimero quejido pidiendo aceite.

El lavado estaba al aire libre. Las correas de transmisión venían
zumbando desde el departamento de la máquina. Otras correas se pusieron
en movimiento, y entonces oyose un estampido rítmico, un horrísono
compás, a la manera de gigantescos pasos o de un violento latido
interior de la madre tierra. Era el gran martillo-pilón del taller, que
había empezado a funcionar. Su formidable golpe machacaba el hierro como
blanda pasta, y esas formas de ruedas, ejes y raíles, que nos parecen
eternas por lo duras, empezaban a desfigurarse, torciéndose y haciendo
muecas, como rostros afligidos. El martillo, dando porrazos uniformes,
creaba formas nuevas tan duras como las geológicas, que son obra
laboriosa de los siglos. Se parecen mucho, sí, las obras de la fuerza a
las de la paciencia.

Hombres negros, que parecían el carbón humanado, se reunían en torno a
los objetos de fuego que salían de las fraguas, y cogiéndolos con
aquella prolongación incandescente de los dedos a quien llaman tenazas,
los trabajaban. ¡Extraña escultura la que tiene por genio al fuego y por
cincel al martillo! Las ruedas y ejes de los millares de vagonetes, las
piezas estropeadas del aparato de lavado, recibían allí compostura y
eran construidos los picos, azadas y carretillas. En el fondo del taller
las sierras hacían chillar la madera, y aquel mismo hierro, educado en
el trabajo por el fuego, destrozaba las generosas fibras del árbol
arrancado a la tierra.

También afuera las mulas habían sido enganchadas a los largos trenes de
vagonetes. Veíaselas pasar arrastrando tierra inútil para verterla en
los taludes, o mineral para conducirlo al lavadero. Cruzábanse unos con
otros aquellos largos reptiles, sin chocar nunca. Entraban por la boca
de las galerías, siendo entonces perfecta su semejanza con los
resbaladizos habitantes de las húmedas grietas, y cuando en las
oscuridades del túnel relinchaba la indócil mula, creeríase que los
saurios disputaban chillando. Allá en lo último, en las más remotas
cañadas, centenares de hombres golpeaban con picos la tierra para
arrancarle, pedazo a pedazo, su tesoro. Eran los escultores de aquellas
caprichosas e ingentes figuras que permanecían en pie, atentas, con
gravedad silenciosa, a la invasión del hombre en las misteriosas esferas
geológicas. Los mineros derrumbaban aquí, horadaban allá, cavaban más
lejos, rasguñaban en otra parte, rompían la roca cretácea, desbarataban
las graciosas láminas de pizarra samnita y esquistosa, despreciaban la
caliza arcillosa, apartaban la limonita y el oligisto, destrozaban la
preciosa dolomía, revolviendo incesantemente hasta dar con el silicato
de zinc, esa plata de Europa, que, no por ser la materia de que se hacen
las cacerolas, deja de ser grandiosa fuente de bienestar y civilización.
Sobre ella ha alzado Bergia el estandarte de su grandeza moral y
política. ¡Oh! La hojalata tiene también su epopeya.

El cielo estaba despejado; el sol derramaba libremente sus rayos, y la
vasta pertenencia de Socartes resplandecía con súbito tono rojo. Rojas
eran las peñas esculturales, rojo el mineral precioso, roja la tierra
inútil acumulada en los largos taludes, semejantes a babilónicas
murallas; rojo el suelo, rojos los carriles y los vagones, roja toda la
maquinaria, roja el agua, rojos los hombres y las mujeres que trabajaban
en toda la extensión de Socartes. El color subido de ladrillo era
uniforme, con ligeros cambiantes, y general en todo; en la tierra y las
casas, en el hierro y en los vestidos. Las mujeres ocupadas en lavar
parecían una pléyade de equívocas ninfas de barro ferruginoso crudo. Por
la cañada abajo, en dirección al río, corría un arroyo de agua
encarnada. Creeríase que era el sudor de aquel gran trabajo de hombres y
máquinas, del hierro y de los músculos.

La Nela salió de su casa. También ella, a pesar de no trabajar en las
minas, estaba teñida ligeramente de rojo, porque el polvo de la tierra
calaminífera no perdona a nadie. Llevaba en la mano un mendrugo de pan
que le había dado la Señana para desayunarse, y, comiéndoselo, marchaba
aprisa, sin distraerse con nada, formal y meditabunda. No tardó en pasar
más allá de los edificios, y después de subir el plano inclinado, subió
la escalera labrada en la tierra, hasta llegar a las casas de la
barriada de Aldeacorba. La primera que se encontraba era una primorosa
vivienda infanzona, grande, sólida, alegre, restaurada y pintada
recientemente, con cortafuegos de piedra, aleros labrados y ancho escudo
circundado de follaje granítico. Antes faltara en ella el escudo que la
parra, cuyos sarmientos cargados de hoja parecían un bigote que aquella
tenía en el lugar correspondiente de su cara, siendo las dos ventanas
los ojos, el escudo la nariz y el largo balcón la boca, siempre riendo.
Para que la personificación fuera completa, salía del balcón una viga
destinada a sujetar la cuerda de tender ropa, y con tal accesorio la
casa con rostro estaba fumándose un cigarro puro. Su tejado era en
figura de gorra de cuartel y tenía una ventana de bohardilla que parecía
una borla. La chimenea no podía ser más que una oreja. No era preciso
ser fisonomista para comprender que aquella casa respiraba paz,
bienestar y una conciencia tranquila.

Dábale acceso un patiecillo circundado de tapias y al costado derecho
tenía una hermosa huerta. Cuando la Nela entró, salían las vacas que
iban a la pradera. Después de cambiar algunas palabras con el gañán, que
era un mocetón formidable... así como de tres cuartas de alto y de diez
años de edad... dirigiose a un señor obeso, bigotudo, entrecano,
encarnado, de simpático rostro y afable mirar, de aspecto entre
soldadesco y campesino, el cual apareció en mangas de camisa, con
tirantes, y mostrando hasta el codo los velludos fornidos brazos. Antes
que la muchacha hablara, el señor de los tirantes volviose adentro y
dijo:

--Hijo mío, aquí tienes a la Nela.

Salió de la casa un joven, estatua del más excelso barro humano, grave,
derecho, con la cabeza inmóvil y los ojos clavados y fijos en sus
órbitas, como lentes expuestos en un muestrario. Su cara parecía de
marfil, contorneada con exquisita finura; mas teniendo su tez la
suavidad de la de una doncella, era varonil en gran manera, y no había
en sus facciones parte alguna ni rasgo que no tuviese aquella perfección
soberana con que fue expresado hace miles de años el pensamiento
helénico. Aun sus ojos, puramente escultóricos porque carecían de vista,
eran hermosísimos, grandes y rasgados. Desvirtuábalos su fijeza y la
idea de que tras aquella fijeza estaba la noche. Falto del don que
constituye el núcleo de la expresión humana, aquel rostro de Antinoo
ciego poseía la fría serenidad del mármol, convertido por el genio y el
cincel en estatua y por la fuerza vital en persona. Un soplo, un rayo de
luz, una sensación bastarían para animar la hermosa piedra, que teniendo
ya todas las galas de la forma, carecía tan sólo de la conciencia de su
propia belleza, la cual emana de la facultad de conocer la belleza
exterior.

Parecía tener veinte años, y su cuerpo sólido y airoso, con admirables
proporciones construido, era digno en todo de la sin igual cabeza que
sustentaba. Jamás se vio incorrección más lastimosa de la Naturaleza,
que la que tan acabado tipo de la humana forma representaba, recibiendo
por una parte admirables dones y siendo privado por otra de la facultad
que más comunica al hombre con sus semejantes y con el maravilloso
conjunto de todo lo creado. Era tal la incorrección, que aquellos
prodigiosos dones quedaban como inútiles, del mismo modo que si al ser
creadas todas las cosas hubiéralas dejado el Hacedor a oscuras, para que
no pudieran recrearse en sus propios encantos. Para que la imperfección
¡ira de Dios! Fuese más manifiesta, había recibido el joven portentosa
luz interior, un entendimiento de primer orden. Esto y carecer de la
facultad de percibir la idea visible, que es la forma, siendo al mismo
tiempo divino como un ángel, hermoso como un hombre y ciego como un
vegetal, era fuerte cosa ciertamente. No comprendemos ¡ay!, el secreto
de estas horrendas incorrecciones. Si lo comprendiéramos, se abrirían
para nosotros las puertas que ocultan primordiales misterios del orden
moral y del orden físico; comprenderíamos el inmenso misterio de la
desgracia, del mal, de la muerte, y podríamos medir la perpetua sombra
que sin cesar sigue al bien y a la vida.

Don Francisco Penáguilas, padre del joven, era un hombre más que bueno,
era inmejorable, superiormente discreto, bondadoso, afable, honrado y
magnánimo, no falto de instrucción. Nadie le aborreció jamás; era el más
respetado de todos los labradores ricos del país, y más de una cuestión
se arregló por la mediación, siempre inteligente, del _señor de
Aldeacorba de Suso_. La casa en que le hemos visto fue su cuna. Había
estado de joven en América, y al regresar a España sin fortuna, había
entrado a servir en la Guardia civil. Retirado a su pueblo natal, donde
se dedicaba a la labranza y a la ganadería, heredó regular hacienda, y
en la época de nuestra historia acababa de heredar otra muy grande.

Su esposa, que era andaluza, había muerto en edad muy temprana,
dejándole un solo hijo, que desde el nacer demostró hallarse privado en
absoluto del más precioso de los sentidos. Esto fue la pena más aguda
que amargó los días del buen padre. ¿Qué le importaba allegar riqueza y
ver que la fortuna favorecía sus intereses y sonreía en su casa? ¿Para
quién era esto? Para quien no podía ver ni las gordas vacas, ni las
praderas risueñas, ni las repletas trojes, ni la huerta cargada de
frutas. D. Francisco hubiera dado sus ojos a su hijo, quedándose él
ciego el resto de sus días, si esta especie de generosidades fuesen
practicables en el mundo que conocemos; pero como no lo son, no podía D.
Francisco dar realidad al noble sentimiento de su corazón, sino
proporcionando al desgraciado joven todo cuanto pudiera hacerle
agradable la oscuridad en que vivía. Para él eran todos los cuidados y
los infinitos mimos y delicadezas cuyo secreto pertenece a las madres, y
algunas veces a los padres, cuando faltan aquellas. Jamás contrariaba a
su hijo en nada que fuera para su consuelo y entretenimiento en los
límites de lo honesto y moral. Divertíale con cuentos y lecturas;
tratábale con solícito esmero, atendiendo a su salud, a sus goces
legítimos, a su instrucción y a su educación cristiana, porque el señor
de Penáguilas, que era un si es no es severo de principios, decía: «No
quiero que mi hijo sea ciego dos veces».

Viéndole salir, y que la Nela le acompañaba fuera, díjoles
cariñosamente:

--No os alejéis hoy mucho. No corráis.... Adiós.

Miroles desde la portalada hasta que dieron vuelta a la tapia de la
huerta. Después entró, porque tenía que hacer varias cosas; escribir una
esquela a su hermano Manuel, ordeñar una vaca, podar un árbol y ver si
había puesto la gallina pintada.

-VI-

Tonterías

Pablo y Marianela salieron al campo, precedidos de Choto, que iba y
volvía gozoso y saltón, moviendo la cola y repartiendo por igual sus
caricias entre su amo y el lazarillo de su amo.

--Nela--dijo Pablo--, hoy está el día muy hermoso. El aire que corre es
suave y fresco, y el sol calienta sin quemar. ¿A dónde vamos?

--Echaremos por estos prados adelante--replicó la Nela, metiendo su mano
en una de las faltriqueras de la americana del mancebo--. ¿A ver qué me
has traído hoy?

--Busca bien y encontrarás algo--dijo Pablo riendo.

--¡Ah, Madre de Dios! Chocolate crudo... ¡y poco que me gusta el
chocolate crudo!... nueces... una cosa envuelta en un papel... ¿qué es?
¡Ah! ¡Madre de Dios!, un dulce.... ¡Dios Divino!, ¡pues a fe que me gusta
poco el dulce! ¡Qué rico está! En mi casa no se ven nunca estas comidas
ricas, Pablo. Nosotros no gastamos lujo en el comer. Verdad que no lo
gastamos tampoco en el vestir. Total, no lo gastamos en nada.

--¿A dónde vamos hoy?--repitió el ciego.

--A donde quieras, niño de mi corazón--repuso la Nela, comiéndose el
dulce y arrojando el papel que lo envolvía--. Pide por esa boca, rey del
mundo.

Los negros ojuelos de la Nela brillaban de contento, y su cara de
avecilla graciosa y vivaracha multiplicaba sus medios de expresión,
moviéndose sin cesar. Mirándola se creía ver un relampagueo de reflejos
temblorosos, como los que produce la luz sobre la superficie del agua
agitada. Aquella débil criatura, en la cual parecía que el alma estaba
como prensada y constreñida dentro de un cuerpo miserable, se ensanchaba
y crecía maravillosamente al hallarse sola con su amo y amigo. Junto a
él tenía espontaneidad, agudeza, sensibilidad, gracia, donosura,
fantasía. Al separarse, parece que se cerraban sobre ella las negras
puertas de una prisión.

--Pues yo digo que iremos a donde tú quieras--observó el ciego--. Me
gusta obedecerte. Si te parece bien, iremos al bosque que está más allá
de Saldeoro. Esto, si te parece bien.

--Bueno, bueno, iremos al bosque--exclamó la Nela, batiendo palmas--.
Pero como no hay prisa, nos sentaremos cuando estemos cansados.

--Y que no es poco agradable aquel sitio donde está la fuente ¿sabes,
Nela?, y donde hay unos troncos muy grandes, que parecen puestos allí
para que nos sentemos nosotros, y donde se oyen cantar tantos,
tantísimos pájaros, que es aquello la gloria.

--Pasaremos por donde está el molino de quien tú dices que habla,
mascullando las palabras como un borracho. ¡Ay, qué hermoso día y qué
contenta estoy!

--¿Brilla mucho el sol, Nela? Aunque me digas que sí, no lo entenderé,
porque no sé lo que es brillar.

--Brilla mucho, sí, señorito mío. Y a ti ¿qué te importa eso? El sol es
muy feo. No se le puede mirar a la cara.

--¿Por qué?

--Por que duele.

--¿Qué duele?

--La vista. ¿Qué sientes tú cuando estás alegre?

--¿Cuándo estoy libre, contigo, solos los dos en el campo?

--Sí.

--Pues siento que me nace dentro del pecho una frescura, una suavidad
dulce....

--¡Ahí te quiero ver! ¡Madre de Dios! Pues ya sabes cómo brilla el sol.

--Con frescura.

--No, tonto.

--¿Pues con qué?

--Con eso.

--Con eso; ¿y qué es eso?

--Eso--afirmó nuevamente la Nela, con acento de la más firme convicción.

--Ya veo que esas cosas no se pueden explicar. Antes me formaba yo idea
del día y de la noche. ¿Cómo? Verás: era de día, cuando hablaba la
gente; era de noche, cuando la gente callaba y cantaban los gallos.
Ahora no hago las mismas comparaciones. Es de día, cuando estamos juntos
tú y yo; es de noche, cuando nos separamos.

--¡Ay, divina Madre de Dios!--exclamó la Nela, echándose atrás las
guedejas que le caían sobre la frente--. A mí, que tengo ojos, me parece
lo mismo.

--Voy a pedirle a mi padre que te deje vivir en mi casa, para que no te
separes de mí.

--Bien, bien--dijo María batiendo palmas otra vez.

Y diciéndolo, se adelantó saltando algunos pasos y recogiendo con
extrema gracia sus faldas, empezó a bailar.

--¿Qué haces, Nela?

--¡Ah!, niño mío, estoy bailando. Mi contento es tan grande, que me han
entrado ganas de bailar.

Pero fue preciso saltar una pequeña cerca, y la Nela ofreció su mano al
ciego.

Después de pasar aquel obstáculo, siguieron por una calleja tapizada en
sus dos rústicas paredes de lozanas hiedras y espinos. La Nela apartaba
las ramas para que no picaran el rostro de su amigo, y al fin, después
de bajar gran trecho, subieron una cuesta por entre frondosos castaños y
nogales. Al llegar arriba, Pablo dijo a su compañera:

--Si no te parece mal, sentémonos aquí. Siento pasos de gente.

--Son los aldeanos que vuelven del mercado de Homedes. Hoy es miércoles.
El camino real está delante de nosotros. Sentémonos aquí antes de entrar
en el camino real.

--Es lo mejor que podemos hacer. Choto, ven aquí.

Los tres se sentaron.

--Si está esto lleno de flores...--dijo la Nela--. ¡Madre!, ¡qué guapas!

--Cógeme un ramo. Aunque no las veo, me gusta tenerlas en mi mano. Se me
figura que las oigo.

--Eso sí que es gracioso.

--Paréceme que teniéndolas en mi mano me dan a entender... no puedo
decirte cómo... que son bonitas. Dentro de mí hay una cosa, no puedo
decirte qué, una cosa que responde a ellas. ¡Ay! Nela, se me figura que
por dentro yo veo algo.

--¡Oh!, sí, lo entiendo... como que todo los tenemos dentro. El sol, las
yerbas, la luna y el cielo grande y azul, lleno siempre de estrellas;
todo, todo lo tenemos dentro; quiero decir que además de las cosas
divinas que hay fuera, nosotros llevamos otras dentro. Y nada más....
Aquí tienes una flor, otra, otra, seis: todas son distintas. ¿A que no
sabes tú lo que son las flores?

--Pues las flores--dijo el ciego, algo confuso, acercándolas a su
rostro--son... unas como sonrisillas que echa la tierra.... La verdad,
no sé mucho del reino vegetal.

--Madre Divinísima, ¡qué poca ciencia!--exclamó María, acariciando las
manos de su amigo--. Las flores son las estrellas de la tierra.

--Vaya un disparate. ¿Y las estrellas, qué son?

--Las estrellas son las miradas de los que se han ido al cielo.

--Entonces las flores....

--Son las miradas de los que se han muerto y no han ido todavía al
cielo--afirmó la Nela, con la convicción y el aplomo de un doctor--. Los
muertos son enterrados en la tierra. Como allá abajo no pueden estar sin
echar una miradilla a la tierra, echan de sí una cosa que sube en forma
y manera de flor. Cuando en un prado hay muchas flores es porque allá...
en tiempos de atrás, enterraron en él muchos difuntos.

--No, no--replicó Pablo con seriedad--. No creas desatinos. Nuestra
religión nos enseña que el espíritu se separa de la carne y que la vida
mortal se acaba. Lo que se entierra, Nela, no es más que un despojo, un
barro inservible que no puede pensar, ni sentir, ni tampoco ver.

--Eso lo dirán los libros, que según dice la Señana, están llenos de
mentiras.

--Eso lo dicen la fe y la razón, querida Nela. Tu imaginación te hace
creer mil errores. Poco a poco yo los iré destruyendo, y tendrás ideas
buenas sobre todas las cosas de este mundo y del otro.

--¡Ay, ay, con el doctorcillo de tres por un cuarto!... Ya... cuando has
querido hacerme creer que el sol está quieto y que la tierra da vueltas
a la redonda!... ¡Cómo se conoce que no lo ves! ¡Madre del Señor! Que me
muera en este momento, si la tierra no se está más quieta que un peñón,
y el sol va corre que corre. Señorito mío, no se la eche de tan sabio,
que yo he pasado muchas horas de noche y de día mirando al cielo, y sé
cómo está gobernada toda esa máquina.... La tierra está abajo, toda
llena de islitas grandes y chicas. El sol sale por allá y se esconde por
allí. Es el palacio de Dios.

--¡Qué tonta!

--¿Y por qué no ha de ser así? ¡Ay! Tú no has visto el cielo en un día
claro: hijito, parece que llueven bendiciones.... Yo no creo que pueda
haber malos, no, no los puede haber, si vuelven la cara hacia arriba y
ven aquel ojazo que nos está mirando.

--Tu religiosidad, querida Nelilla, está llena de supersticiones. Yo te
enseñaré ideas mejores.

--No me han enseñado nada--dijo María con inocencia--pero yo, cavila que
cavilarás, he ido sacando de mi cabeza muchas cosas que me consuelan, y
así cuando me ocurre una buena idea, digo: «esto debe de ser así, y no
de otra manera». Por las noches, cuando me voy sola a mi casa, voy
pensando en lo que será de nosotros cuando nos muramos, y en lo mucho
que nos quiere a todos la Virgen Santísima.

--Nuestra madre amorosa.

--¡Nuestra madre querida! Yo miro al cielo y la siento encima de mí como
cuando nos acercamos a una persona y sentimos el calorcillo de su
respiración. Ella nos mira de noche y de día por medio de... no te
rías... por medio de todas las cosas hermosas que hay en el mundo.

--¿Y esas cosas hermosas...?

--Son sus ojos, tonto. Bien lo comprenderías si tuvieras los tuyos.
Quien no ha visto una nube blanca, un árbol, una flor, el agua
corriendo, un niño, el rocío, un corderito, la luna paseándose tan maja
por los cielos, y las estrellas, que son las miradas de los buenos que
se han muerto....

--Mal podrán ir allá arriba si se quedan debajo de tierra echando
flores.

--¡Miren el sabihondo! Abajo se están mientras se van limpiando de
pecados; que después suben volando arriba. La Virgen les espera. Sí,
créelo, tonto. Las estrellas, ¿qué pueden ser sino las almas de los que
ya están salvos? ¿Y no sabes tú que las estrellas bajan? Pues yo, yo
misma las he visto caer así, así, haciendo una raya. Sí, señor, las
estrellas bajan cuando tienen que decirnos alguna cosa.

--¡Ay, Nela!--exclamó Pablo vivamente--. Tus disparates, con serlo tan
grandes, me cautivan y embelesan, porque revelan el candor de tu alma y
la fuerza de tu fantasía. Todos esos errores responden a una disposición
muy grande para conocer la verdad, a una poderosa facultad tuya, que
sería primorosa si estuvieras auxiliada por la razón y la educación....
Es preciso que tú adquieras un don precioso de que yo estoy privado; es
preciso que aprendas a leer.

--¡A leer!... ¿Y quién me ha de enseñar?

--Mi padre. Yo le rogaré a mi padre que te enseñe. Ya sabes que él no me
niega nada. ¡Qué lástima tan grande que vivas así! Tu alma está llena de
preciosos tesoros. Tienes bondad sin igual y fantasía seductora. De todo
lo que Dios tiene en su esencia absoluta te dio a ti parte muy grande.
Bien lo conozco; no veo lo de fuera, pero veo lo de dentro, y todas las
maravillas de tu alma se me han revelado desde que eres mi lazarillo...
¡Hace año y medio! Parece que fue ayer cuando empezaron nuestros
paseos.... No, hace miles de años que te conozco. ¡Porque hay una
relación tan grande entre lo que tú sientes y lo que yo siento!... Has
dicho ahora mil disparates, y yo, que conozco algo de la verdad acerca
del mundo y de la religión, me he sentido conmovido y entusiasmado al
oírte. Se me antoja que hablas dentro de mí.

--¡Madre de Dios!--exclamó la Nela, cruzando las manos--. ¿Tendrá eso
algo que ver con lo que yo siento?

--¿Qué?

--Que estoy en el mundo para ser tu lazarillo, y que mis ojos no
servirían para nada si no sirvieran para guiarte y decirte cómo son
todas las hermosuras de la tierra.

El ciego irguió su cuello repentina y vivísimamente, y extendiendo sus
manos hasta tocar el cuerpecillo de su amiga, exclamó con afán:

--Dime, Nela, ¿y cómo eres tú?

La Nela no dijo nada. Había recibido una puñalada.

-VII-

Más tonterías

Habían descansado. Siguieron adelante, hasta llegar a la entrada del
bosque que hay más allá de Saldeoro. Detuviéronse entre un grupo de
viejos nogales, cuyos troncos y raíces formaban en el suelo una serie de
escalones, con musgosos huecos y recortes tan apropiados para sentarse,
que el arte no los hiciera mejor. Desde lo alto del bosque corría un
hilo de agua, saltando de piedra en piedra, hasta dar con su fatigado
cuerpo en un estanquillo que servía de depósito para alimentar el chorro
de que se abastecían los vecinos. Enfrente el suelo se deprimía poco a
poco, ofreciendo grandioso panorama de verdes colinas pobladas de
bosques y caseríos, de praderas llanas donde pastaban con tranquilidad
vagabunda centenares de reses. En el último término dos lejanos y
orgullosos cerros que eran límite de la tierra, dejaban ver en un largo
segmento azul purísimo del mar. Era un paisaje cuya contemplación
revelaba al alma sus excelsas relaciones con lo infinito.

Sentose Pablo en el tronco de un nogal, apoyando su brazo izquierdo en
el borde del estanque. Alzaba la derecha mano para coger las ramas que
descendían hasta tocar su frente, por la cual pasaba a ratos, con el
mover de las hojas, un rayo de sol.

--¿Qué haces, Nela?--dijo el muchacho después de una pausa, no sintiendo
ni los pasos, ni la voz, ni la respiración de su compañera--. ¿Qué
haces? ¿Dónde estás?

--Aquí--replicó la Nela, tocándole el hombro--. Estaba mirando el mar.

--¡Ah! ¿Está muy lejos?

--Allá se ve por los cerros de Ficóbriga.

--Grande, grandísimo, tan grande, que se estará mirando todo un día sin
acabarlo de ver, ¿no es eso?

--No se ve sino un pedazo como el que coges dentro de la boca cuando le
pegas una mordida a un pan.

--Ya, ya comprendo. Todos dicen que ninguna hermosura iguala a la del
mar, por causa de la sencillez que hay en él.... Oye, Nela, lo que voy a
decirte.... ¿Pero qué haces?

La Nela, agarrando con ambas manos la rama del nogal, se suspendía y
balanceaba graciosamente.

--Aquí estoy, señorito mío. Estaba pensando que por qué no nos daría
Dios a nosotras las personas alas para volar como los pájaros. ¡Qué cosa
más bonita que hacer _zas_, y remontarnos y ponernos de un vuelo en
aquel pico que está allá entre Ficóbriga y el mar!...

--Si Dios no nos ha dado alas; en cambio nos ha dado el pensamiento, que
vuela más que todos los pájaros, porque llega hasta el mismo Dios....
Dime tú, ¿para qué querría yo alas de pájaro, si Dios me hubiera negado
el pensamiento?

--Pues a mí me gustaría tener las dos cosas. Y si tuviera alas, te
cogería en mi piquito para llevarte por esos mundos y subirte a lo más
alto de las nubes.

El ciego alargó su mano hasta tocar la cabeza de la Nela.

--Siéntate junto a mí. ¿No estás cansada?

--Un poquitín--replicó ella, sentándose y apoyando su cabeza con
infantil confianza en el hombro de su amo.

--Respiras fuerte, Nelilla; tú estás muy cansada. Es de tanto volar....
Pues lo que te iba a decir, es esto: Hablando del mar me hiciste
recordar una cosa que mi padre me leyó anoche. Ya sabes que desde la
edad en que tuve uso de razón, acostumbra mi padre leerme todas las
noches distintos libros de ciencia y de historia, de artes y de
entretenimiento. Esas lecturas y estos paseos se puede decir que son mi
vida toda. Diome el Señor, para compensarme de la ceguera, una memoria
feliz, y gracias a ella he sacado algún provecho de las lecturas; pues
aunque éstas han sido sin método, yo al fin y al cabo he logrado poner
algún orden en las ideas que iban entrando en mi entendimiento. ¡Qué
delicias tan grandes las mías al entender el orden admirable del
Universo, el concertado rodar de los astros, el giro de los átomos
pequeñitos, y después las leyes, más admirable aún, que gobiernan
nuestra alma! También me ha recreado mucho la historia, que es un cuento
verdadero de todo lo que los hombres han hecho antes de ahora;
resultando, hija mía, que siempre han hecho las mismas maldades y las
mismas tonterías, aunque no han cesado de mejorarse, acercándose todo lo
posible, mas sin llegar nunca, a las perfecciones que sólo posee Dios.
Por último, me ha leído mi padre cosas sutiles y un poco hondas para ser
penetradas de pronto; pero que suspenden y enamoran cuando se medita en
ellas. Es lectura que a él no le agrada, por no comprenderla, y que a mí
me ha cansado también unas veces, deleitándome otras. Pero no hay duda
que cuando se da con un autor que sepa hablar con claridad, esas
materias son preciosas. Contienen ideas sobre las causas y los efectos,
sobre la razón de todo lo que pensamos y el modo como lo pensamos, y
enseñan la esencia de todas las cosas.

La Nela parecía no comprender ni una sola palabra de lo que su amigo
decía; pero atendía profundamente abriendo la boca. Para apoderarse de
aquellas esencias y causas de que su amo le hablaba, abría el pico como
el pájaro que acecha el vuelo de la mosca que quiere cazar.

--Pues bien--añadió él--anoche leyó mi padre unas páginas sobre la
belleza. Hablaba el autor de la belleza, y decía que era el resplandor
de la bondad y de la verdad, con otros muchos conceptos ingeniosos y tan
bien traídos y pensados, que daba gusto oírlos.

--Ese libro--dijo la Nela queriendo demostrar suficiencia--no será como
uno que tiene padre Centeno, que llaman... _Las mil y no sé cuántas
noches_.

--No es eso, tontuela; habla de la belleza en absoluto... ¿no entenderás
esto de la belleza ideal?... tampoco lo entiendes... porque has de saber
que hay una belleza que no se ve ni se toca, ni se percibe con ningún
sentido.

--Como, por ejemplo, la Virgen María--interrumpió la Nela--a quien no
vemos ni tocamos, porque las imágenes no son ella misma, sino su
retrato.

--Estás en lo cierto: así es. Pensando en esto, mi padre cerró el libro,
y él decía una cosa y yo otra. Hablamos de la forma y mi padre me dijo:
«Desgraciadamente tú no puedes comprenderla». Yo sostuve que sí; dije
que no había más que una sola belleza y que esa había de servir para
todo.

La Nela, poco atenta a cosas tan sutiles, había cogido de las manos de
su amigo las flores, y combinaba sus risueños colores.

--Yo tenía una idea sobre esto--añadió el ciego con mucha energía--una
idea con la cual estoy encariñado desde hace algunos meses. Sí, lo
sostengo, lo sostengo.... No, no me hacen falta los ojos para esto. Yo
le dije a mi padre: «Concibo un tipo de belleza encantadora, un tipo que
contiene todas las bellezas posibles; ese tipo es la Nela». Mi padre se
echó a reír y me dijo que sí.

La Nela se puso como amapola y no supo responder nada. Durante un breve
instante de terror y ansiedad, creyó que el ciego la estaba _mirando_.

--Sí, tú eres la belleza más acabada que puede imaginarse--añadió Pablo
con calor--. ¿Cómo podría suceder que tu bondad, tu inocencia, tu
candor, tu gracia, tu imaginación, tu alma celestial y cariñosa que ha
sido capaz de alegrar mis tristes días; cómo podría suceder, cómo, que
no estuviese representada en la misma hermosura?... Nela, Nela--añadió
balbuciente y con afán--. ¿No es verdad que eres muy bonita?

La Nela calló. Instintivamente se había llevado las manos a la cabeza,
enredando entre sus cabellos las florecitas medio ajadas que había
cogido antes en la pradera.

--¿No respondes?... Es verdad que eres modesta. Si no lo fueras, no
serías tan repreciosa como eres. Faltaría la lógica de las bellezas, y
eso no puede ser. ¿No respondes?...

--Yo...--murmuró la Nela con timidez, sin dejar de la mano su tocado--no
sé... dicen que cuando niña era muy bonita.... Ahora....

--Y ahora también.

María, en su extraordinaria confusión, pudo hablar así:

--Ahora... ya sabes tú que las personas dicen muchas tonterías... se
equivocan también... a veces el que tiene más ojos ve menos.

--¡Oh! ¡Qué bien dicho! Ven acá: dame un abrazo.

La Nela no pudo acudir pronto, porque habiendo conseguido sostener entre
sus cabellos una como guirnalda de florecillas, sintió vivos deseos de
observar el efecto de aquel atavío en el claro cristal del agua. Por
primera vez desde que vivía se sintió presumida. Apoyándose en sus
manos, asomose al estanque.

--¿Qué haces, Mariquilla?

--Me estoy mirando en el agua, que es como un espejo--replicó con la
mayor inocencia, delatando su presunción.

--Tú no necesitas mirarte. Eres hermosa como los ángeles que rodean el
trono de Dios.

El alma del ciego llenábase de entusiasmo y fervor.

--El agua se ha puesto a temblar--dijo la Nela--y no me veo bien,
señorito. Ella tiembla como yo. Ya está más tranquila, ya no se
mueve.... Me estoy mirando... ahora.

--¡Qué linda eres! Ven acá, niña mía--añadió el ciego, extendiendo sus
brazos.

--¡Linda yo!--dijo ella llena de confusión y ansiedad--. Pues esa que
veo en el estanque no es tan fea como dicen. Es que hay también muchos
que no saben ver.

--Sí, muchos.

--¡Si yo me vistiese como se visten otras!...--exclamó la Nela con
orgullo.

--Te vestirás.

--¿Y ese libro dice que yo soy bonita?--preguntó la Nela apelando a
todos los recursos de convicción.

--Lo digo yo, que poseo una verdad inmutable--exclamó el ciego, llevado
de su ardiente fantasía.

--Puede ser--observó la Nela, apartándose de su espejo pensativa y no
muy satisfecha--que los hombres sean muy brutos y no comprendan las
cosas como son.

--La humanidad está sujeta a mil errores.

--Así lo creo--dijo Mariquilla, recibiendo gran consuelo con las
palabras de su amigo--. ¿Por qué han de reírse de mí?

--¡Oh!, miserable condición de los hombres--exclamó el ciego, arrastrado
al absurdo por su delirante entendimiento--. El don de la vista puede
causar grandes extravíos... aparta a los hombres de la posesión de la
verdad absoluta... y la verdad absoluta dice que tú eres hermosa,
hermosa sin tacha ni sombra alguna de fealdad. Que me digan lo
contrario, y les desmentiré... Váyanse ellos a paseo con sus formas.
No... la forma no puede ser la máscara de Satanás puesta ante la faz de
Dios. ¡Ah!, ¡menguados!, ¡a cuántos desvaríos os conducen vuestros ojos!
Nela, Nela, ven acá, quiero tenerte junto a mí y abrazar tu preciosa
cabeza.

María corrió a arrojarse en los brazos de su amigo.

--Chiquilla bonita--exclamó este, estrechándola de un modo delirante
contra su pecho--¡te quiero con toda mi alma!

La Nela no dijo nada. En su corazón lleno de casta ternura, se
desbordaban los sentimientos más hermosos. El joven, palpitante y
conturbado, la abrazó más fuerte diciéndole al oído:

--Te quiero más que a mi vida. Ángel de Dios, quiéreme o me muero.

María se soltó de los brazos de Pablo, y este cayó en profunda
meditación. A la fenomenal mujer una fuerza poderosa, irresistible, la
impulsaba a mirarse en el espejo del agua. Deslizándose suavemente llegó
al borde, y vio allá sobre el fondo verdoso su imagen mezquina, con los
ojuelos negros, la tez pecosa, la naricilla picuda, aunque no sin
gracia, el cabello escaso y la movible fisonomía de pájaro. Alargó su
cuerpo sobre el agua para verse el busto, y lo halló deplorablemente
desairado. Las flores que tenía en la cabeza se cayeron al agua,
haciendo temblar la superficie, y con la superficie, la imagen. La hija
de la Canela sintió como si arrancaran su corazón de raíz, y cayó hacia
atrás murmurando:

--¡Madre de Dios!, ¡qué feísima soy!

--¿Qué dices, Nela? Me parece que he oído tu voz.

--No decía nada, niño mío.... Estaba pensando... sí, pensaba que ya es
hora de volver a tu casa. Pronto será hora de comer.

--Sí, vamos, comerás conmigo, y esta tarde saldremos otra vez. Dame la
mano, no quiero que te separes de mí.

Cuando llegaron a la casa, D. Francisco Penáguilas estaba en el patio,
acompañado de dos caballeros. Marianela reconoció al ingeniero de las
minas y al individuo que se había extraviado en la _Terrible_ la noche
anterior.

--Aquí están--dijo--el señor ingeniero y su hermano, el caballero de
anoche.

Miraban los tres hombres con visible interés al ciego que se acercaba.

--Hace rato que te estamos esperando, hijo mío--dijo el padre tomando a
su hijo de la mano y presentándole al doctor.

--Entremos--dijo el ingeniero.

--¡Benditos sean los hombres sabios y caritativos!--exclamó el padre,
mirando a Teodoro--. Pasen ustedes, señores. Que sea bendito el instante
en que ustedes entran en mi casa.

--Veamos este caso--murmuró Golfín.

Cuando Pablo y los dos hermanos entraron, D. Francisco se volvió hacia
Mariquilla, que se había quedado en medio del patio inmóvil y asombrada,
y le dijo con bondad:

--Mira, Nela, más vale que te vayas. Mi hijo no puede salir esta tarde.

Y luego, como viese que no se marchaba, añadió:

--Puedes pasar a la cocina. Dorotea te dará alguna chuchería.

-VIII-

Prosiguen las tonterías

Al día siguiente, Pablo y su guía salieron de la casa a la misma hora
del anterior; mas como estaba encapotado el cielo y soplaba un airecillo
molesto que amenazaba convertirse en vendaval, decidieron que su paseo
no fuera largo. Atravesando el prado comunal de Aldeacorba, siguieron el
gran talud de las minas por Poniente con intención de bajar a las
excavaciones.

--Nela, tengo que hablarte de una cosa que te hará saltar de
alegría--dijo el ciego, cuando estuvieron lejos de la casa--. ¡Nela, yo
siento en mi corazón un alborozo!... Me parece que el Universo, las
ciencias todas, la historia, la filosofía, la Naturaleza, todo eso que
he aprendido, se me ha metido dentro y se está paseando por mí... es
como una procesión. Ya viste aquellos caballeros que me esperaban
ayer....

--D. Carlos y su hermano, el que encontramos anoche.

--El cual es un famoso sabio, que ha corrido por toda la América,
haciendo maravillosas curas.... Ha venido a visitar a su hermano....
Como D. Carlos es tan buen amigo de mi padre, le ha rogado que me
examine.... ¡Qué cariñoso y qué bueno es! Primero estuvo hablando
conmigo; preguntome varias cosas y me contó otras muy chuscas y
divertidas. Después díjome que me estuviese quieto: sentí sus dedos en
mis párpados.... Al cabo de un gran rato dijo unas palabras que no
entendí: eran palabras de medicina. Mi padre no me ha leído nunca nada
de Medicina. Acercáronme después a una ventana. Mientras me observaba
con no sé qué instrumento, ¡había en la sala un silencio!... El doctor
dijo después a mi padre: «Lo intentaremos». Decían otras cosas en voz
muy baja para que no pudiera yo entenderlas, y creo que también hablaban
por señas. Cuando se retiraron mi padre me dijo: «Hijo de mi alma, no
puedo ocultarte la alegría que hay dentro de mí. Ese hombre, ese ángel
de Dios, me ha dado esperanza, muy poca esperanza; pero la esperanza
parece que se agarra más, cuando más chica es. Quiero echarla de mí
diciéndome que es imposible, no, no, casi imposible, y ella... pegada
como una lapa...» Así me habló mi padre. Por su voz conocí que
lloraba.... ¿Qué haces, Nela, estás bailando?

--No, estoy aquí a tu lado.

--Como otras veces te pones a bailar desde que te digo una cosa
alegre.... ¿Pero hacia dónde vamos hoy?

--El día está feo. Vámonos hacia la Trascava, que es sitio abrigado, y
después bajaremos al _Barco_ y a la _Terrible_.

--Bien, como tú quieras.... ¡Ay! Nela, compañera mía, si fuese verdad, si
Dios quisiera tener piedad de mí y me concediera el placer de verte....
Aunque sólo durara un día mi vista, aunque volviera a cegar al
siguiente, ¡cuánto se lo agradecería!

La Nela no decía nada. Después de mostrar exaltada alegría, meditaba con
los ojos fijos en el suelo.

--Se ven en el mundo cosas muy extrañas--añadió Pablo--y la misericordia
de Dios tiene así... ciertos exabruptos, lo mismo que su cólera. Vienen
de improviso, después de largos tormentos y castigos, lo mismo que
aparece la ira después de felicidades que parecían seguras y eternas,
¿no te parece?

--Sí, lo que tú esperas será--dijo la Nela con aplomo.

--¿Por qué lo sabes?

--Me lo dice mi corazón.

--¡Te lo dice tu corazón! ¿Y por qué no han de ser ciertos estos
avisos?--manifestó Pablo con ardor--. Sí, las almas escogidas pueden en
casos dados presentir un suceso. Yo lo he observado en mí, pues como el
ver no me distrae del examen de mí mismo, he notado que mi espíritu me
susurraba cosas incomprensibles. Después ha venido un acontecimiento
cualquiera, y he dicho con asombro: «Yo sabía algo de esto».

--A mí me pasa lo mismo--repuso la Nela--. Ayer me dijiste tú que me
querías mucho. Cuando fui a mi casa, iba diciendo para mí: «Es cosa
rara, pero yo sabía algo de esto».

--Es maravilloso, chiquilla mía--cómo están acordadas nuestras almas.
Unidas por la voluntad, no les falta más que un lazo. Ese lazo lo
tendrán si yo adquiero el precioso sentido que me falta. La idea de ver
no se determina en mi pensamiento si antes no acaricio en él la idea de
quererte más. La adquisición de este sentido no significa para mí otra
cosa más que el don de admirar de un modo nuevo lo que ya me causa tanta
admiración como amor.... Pero se me figura que estás triste hoy.

--Sí que lo estoy... y si he de decirte la verdad, no sé por qué...
Estoy muy alegre y muy triste, las dos cosas a un tiempo. Hoy está tan
feo el día.... Valiera más que no hubiese día, y que fuera noche
siempre.

--No, no, déjalo como está. Noche y día, si Dios quiere que yo sepa al
fin diferenciaros, ¡cuán feliz seré!... ¿Por qué nos detenemos?

--Estamos en un lugar peligroso. Apartémonos a un lado para tomar la
vereda.

--¡Ah!, la Trascava. Este césped resbaladizo va bajando hasta perderse
en la gruta. El que cae en ella no puede volver a salir. Apartémonos,
Nela; no me gusta este sitio.

--Tonto, de aquí a la entrada de la cueva hay mucho que andar. ¡Y qué
bonita está hoy!

La Nela, deteniéndose y deteniendo a su compañero por el brazo,
observaba la boca de la sima que se abría en el terreno en forma
parecida a la de un embudo. Finísimo césped cubría las vertientes de
aquel pequeño cráter cóncavo y profundo. En lo más hondo, una gran peña
oblonga se extendía sobre el césped entre malezas, hinojos, zarzas,
juncos y cantidad inmensa de pintadas florecillas. Parecía una gran
lengua. Junto a ella se adivinaba, más bien que se veía, un hueco, un
tragadero, oculto por espesas yerbas, como las que tuvo que cortar D.
Quijote cuando se descolgó dentro de la cueva de Montesinos.

La Nela no se cansaba de mirar.

--¿Por qué dices que está bonita esa horrenda Trascava?--le preguntó su
amigo.

--Porque hay en ella muchas flores. La semana pasada estaban todas
secas; pero han vuelto a nacer, y está aquello que da gozo verlo. ¡Madre
de Dios! Hay muchos pájaros posados allí y muchísimas mariposas que
están cogiendo miel en las flores.... Choto, Choto, ven aquí, no
espantes a los pobres pajaritos.

El perro, que había bajado, volvió gozoso llamado por la Nela, y la
pacífica república de pajarillos volvió a tomar posesión de sus estados.

--A mí me causa horror este sitio--dijo Pablo, tomando del brazo a la
muchacha--. Y ahora ¿vamos hacia las minas? Sí, ya conozco este camino.
Estoy en mi terreno. Por aquí vamos derechos al Barco.... Choto, anda
delante; no te enredes en mis piernas.

Descendían por una vereda escalonada. Pronto llegaron a la concavidad
formada por la explotación minera. Dejando la verde zona vegetal, habían
entrado bruscamente en la zona geológica, zanja enorme, cuyas paredes,
labradas por el barreno y el pico, mostraban una interesante
estratificación, cuyas diversas capas ofrecían en el corte los más
variados tonos y los materiales más diversos. Era aquel el sitio que a
Teodoro Golfín le había parecido el interior de un gran buque náufrago,
comido de las olas, y su nombre vulgar justificaba esta semejanza. Pero
de día se admiraban principalmente las superpuestas cortezas de la
estratificación, con sus vetas sulfurosas y carbonatadas, sus sedimentos
negros, sus lignitos, donde yace el negro azabache, sus capas de tierra
ferruginosa que parece amasada con sangre, sus grandes y regulares
láminas de roca, quebradas en mil puntos por el arte humano, y erizadas
de picos, cortaduras y desgarrones. Era aquello como una herida abierta
en el tejido orgánico y vista con microscopio. El arroyo de aguas
saturadas de óxido de hierro que corría por el centro, parecía un chorro
de sangre.

¿En dónde está nuestro asiento?--preguntó el señorito de Penáguilas--.
Vamos a él. Allí no nos molestará el aire.

Desde el fondo de la gran zanja subieron un poco por escabroso sendero,
abierto entre rotas piedras, tierra y matas de hinojo, y se sentaron a
la sombra de una enorme peña agrietada, que presentaba en su centro una
larga hendija. Más bien eran dos peñas, pegada la una a la otra, con
irregulares bordes, como dos gastadas mandíbulas que se esfuerzan en
morder.

--¡Qué bien se está aquí!--dijo Pablo--. A veces suele salir una
corriente de aire por esa gruta; pero hoy no siento nada. Lo que se
siente es el gorgoteo del agua allá dentro en las entrañas de la
Trascava.

--Calladita está hoy--observó la Nela--. ¿Quieres echarte?

--Pues mira que has tenido una buena idea. Anoche no he dormido,
pensando en lo que mi padre me dijo, en el médico, en mis ojos.... Toda
la noche estuve sintiendo una mano que entraba en mis ojos y abría en
ellos una puerta cerrada y mohosa.

Diciendo esto sentose sobre la piedra, poniendo su cabeza sobre el
regazo de la Nela.

--Aquella puerta--prosiguió--que estaba allá en lo más íntimo de mi
sentido, abriose, como te he dicho, dando paso a una estancia donde
estaba encerrada la idea que me persigue. ¡Ay, Nela de mi corazón,
chiquilla idolatrada, si Dios quisiera darme ese don que me falta!...
Con él me creería el más feliz de los hombres, yo, que casi lo soy ya
sólo con tenerte por amiga y compañera de mi vida. Para que los dos
seamos uno solo, me falta muy poco; sólo me falta verte y recrearme en
tu belleza, con ese placer de la vista que no puedo comprender aún, pero
que concibo de una manera vaga. Tengo la curiosidad del espíritu, pero
la de los ojos me falta. Supóngola como una nueva manera del amor que te
tengo. Yo estoy lleno de tu belleza; pero hay algo en ella que no me
pertenece todavía.

--¿No oyes?--dijo la Nela de improviso, demostrando interés por cosa muy
distinta de lo que su amigo decía.

--¿Qué?

--Aquí dentro.... ¡La Trascava!... está hablando.

--¡Supersticiosa! El agua no habla, querida Nela. ¿Qué lenguaje ha de
saber un chorro de agua? Sólo hay dos cosas que hablan, chiquilla mía;
esas dos cosas son la lengua y la conciencia.

--Y la Trascava--observó la Nela, palideciendo--es un murmullo, un sí,
sí, sí... A ratos oigo la voz de mi madre, que dice clarito: «Hija mía,
¡qué bien se está aquí!»

--Es tu imaginación. También la imaginación habla; me olvidé de decirlo.
La mía a veces se pone tan parlanchina, que tengo que mandarla callar.
Su voz es chillona, atropellada, inaguantable; así como la de la
conciencia es grave, reposada, convincente; y lo que dice no tiene
refutación.

--Ahora parece que llora.... Se va poquito a poco perdiendo la voz--dijo
la Nela, atenta a lo que oía.

De pronto salió por la gruta una ligera ráfaga de aire.

--¿No has notado que ha echado un gran suspiro?... Ahora se vuelve a oír
la voz: habla bajo, y me dice al oído muy bajito, muy bajito....

--¿Qué te dice?

--Nada--replicó bruscamente María, después de una pausa--. Tú dices que
son tonterías. Tendrás razón.

--Ya te quitaré yo de la cabeza esos pensamientos absurdos--dijo el
ciego, tomándole la mano--. Hemos de vivir juntos toda la vida. ¡Oh,
Dios mío! Si no he de adquirir la facultad de que me privaste al nacer,
¿para qué me has dado esperanzas? Infeliz de mí si no nazco de nuevo en
manos del doctor Golfín. Porque esta será nacer otra vez. ¡Y qué
nacimiento! ¡Qué nueva vida! Chiquilla mía, juro por la idea de Dios que
tengo dentro de mí, clara, patente, inmutable, que tú y yo no nos
separaremos jamás por mi voluntad. Yo tendré ojos, Nela, tendré ojos
para poder recrearme en tu celestial hermosura, y entonces me casaré
contigo. ¡Serás mi esposa querida... serás la vida de mi vida, el recreo
y el orgullo de mi alma! ¿No dices nada a esto?

La Nela oprimió contra sí la hermosa cabeza del joven. Quiso hablar,
pero su emoción no se lo permitía.

--Y si Dios no quiere otorgarme ese don--añadió el ciego--tampoco te
separarás de mí, también serás mi mujer, a no ser que te repugne
enlazarte con un ciego. No, no, chiquilla mía, no quiero imponerte un
yugo tan penoso. Encontrarás hombres de mérito que te amarán y que
podrán hacerte feliz. Tu extraordinaria bondad, tus nobles prendas, tu
seductora belleza, que ha de cautivar los corazones y encender el más
puro amor en cuantos te traten, asegúrante un porvenir risueño. Yo te
juro que te querré mientras viva, ciego o con vista, y que estoy
dispuesto a jurarte delante de Dios un amor grande, insaciable, eterno.
¿No me dices nada?

--Sí; que te quiero mucho, muchísimo--dijo la Nela, acercando su rostro
al de su amigo--. Pero no te afanes por verme. Quizás no sea yo tan
guapa como tú crees.

Diciendo esto, la Nela había rebuscado en su faltriquera y sacado un
pedazo de cristal azogado, resto inútil y borroso de un fementido espejo
que se rompiera en casa de la Señana la semana anterior. Mirose en él;
mas por causa de la pequeñez del vidrio, érale forzoso mirarse por
partes, sucesiva y gradualmente, primero un ojo, después la frente.
Alejándolo, pudo abarcar la mitad del conjunto. ¡Ay! ¡Cuán triste fue el
resultado de sus investigaciones! Guardó el espejillo, y gruesas
lágrimas brotaron de sus ojos.

--Nela, sobre mi frente ha caído una gota. ¿Acaso llueve?

--Sí, niño mío, parece que llueve--dijo la Nela sollozando.

--No, es que lloras. Pues has de saber que me lo decía el corazón. Tú
eres la misma bondad; tu alma y la mía están unidas por un lazo
misterioso y divino: no se pueden separar, ¿verdad? Son dos partes de
una misma cosa, ¿verdad?

--Verdad.

--Tus lágrimas me responden más claramente que cuanto pudieras decir.
¿No es verdad que me querrás mucho lo mismo si me dan vista que si
continúo privado de ella?

--Lo mismo, sí, lo mismo--dijo la Nela con vehemencia y turbación.

--¿Y me acompañarás?...

--Siempre, siempre.

--Oye tú--exclamó el ciego con amoroso arranque--si me dan a escoger
entre no ver y perderte, prefiero....

--Prefieres no ver.... ¡Oh! ¡Madre de Dios divino, qué alegría tengo
dentro de mí!

--Prefiero no ver con los ojos tu hermosura, porque yo la veo dentro de
mí clara como la verdad que proclamo interiormente. Aquí dentro estás, y
tu persona me seduce y enamora más que todas las cosas.

--Sí, sí, sí--afirmó la Nela con desvarío--yo soy hermosa, soy muy
hermosa.

--Oye tú--exclamó el ciego con amoroso arranque--tengo un
presentimiento... sí, un presentimiento. Dentro de mí parece que está
Dios hablándome y diciéndome que tendré ojos, que te veré, que seremos
felices.... ¿No sientes tú lo mismo?

--Yo.... El corazón me dice que me verás... pero me lo dice
partiéndoseme.

--Veré tu hermosura ¡qué felicidad!--exclamó el ciego con la expresión
delirante que era propia de él en ciertos momentos--. Pero si ya la veo;
si la veo dentro de mí, clara como la verdad que proclamo y que me llena
todo....

--Sí, sí, sí...--repitió la Nela con desvarío, espantados los ojos,
trémulos los labios--. Yo soy hermosa, soy muy hermosa.

--Bendita seas tú...

--¡Y tú!--añadió ella besándole en la frente--. ¿Tienes sueño?

--Sí, principio a tener sueño. No he dormido anoche. Estoy tan bien
aquí...

--Duérmete, niño....

Principió a cantar como se canta a los niños para que se duerman. Poco
después Pablo dormía. La Nela oyó de nuevo la voz de la Trascava,
diciéndole:

--Hija mía... aquí, aquí.

-IX-

Los Golfines

Teodoro Golfín no se aburría en Socartes. El primer día después de su
llegada pasó largas horas en el laboratorio con su hermano, y en los
siguientes recorrió de un cabo a otro las minas, examinando y admirando
las distintas cosas que allí había, que ya pasmaban por la grandeza de
las fuerzas naturales, ya por el poder y brío del arte de los hombres.
Por las noches, cuando todo callaba en el industrioso Socartes, quedando
sólo en actividad los bullidores hornos, el buen doctor que era muy
entusiasta músico, se deleitaba oyendo tocar el piano a su cuñada Sofía,
esposa de Carlos Golfín y madre de varios chiquillos que se habían
muerto.

Los dos hermanos se profesaban el más vivo cariño. Nacidos en la clase
más humilde, habían luchado solos en edad temprana por salir de la
ignorancia y de la pobreza, viéndose a punto de sucumbir diferentes
veces; mas tanto pudo en ellos el impulso de una voluntad heroica, que
al fin llegaron jadeantes a la ansiada orilla, dejando atrás las turbias
olas en que se agita en constante estado de naufragio el grosero vulgo.

Teodoro, que era el mayor, fue médico antes que Carlos ingeniero. Ayudó
a éste con todas sus fuerzas mientras el joven lo necesitara, y cuando
le vio en camino, tomó el que anhelaba su corazón aventurero, yéndose a
América. Allá trabajó juntamente con otros afamados médicos europeos,
adquiriendo bien pronto fama y dinero. Hizo un viaje a España, tornó al
Nuevo Mundo, vino más tarde para regresar al poco tiempo. En cada una de
estas excursiones daba la vuelta a Europa para apropiarse los progresos
de la ciencia oftálmica que cultivaba.

Era un hombre de facciones bastas, moreno, de fisonomía tan inteligente
como sensual, labios gruesos, pelo negro y erizado, mirar centelleante,
naturaleza incansable, constitución fuerte, si bien algo gastada por el
clima americano. Su cara grande y redonda, su frente huesuda, su melena
rebelde, aunque corta, el fuego de sus ojos, sus gruesas manos, habían
sido motivo para que dijeran de él: «es un león negro». En efecto
parecía un león, y como el rey de los animales, no dejaba de manifestar
a cada momento la estimación en que a sí mismo se tenía. Pero la vanidad
de aquel hombre insigne era la más disculpable de todas las vanidades,
pues consistía en sacar a relucir dos títulos de gloria, a saber: su
pasión por la cirugía y la humildad de su origen. Hablaba por lo general
incorrectamente, por ser incapaz de construir con gracia y elegancia las
oraciones. Eran sus frases rápidas y entrecortadas conforme a la emisión
de su pensamiento, que era una especie de emisión eléctrica. Muchas
veces Sofía, al pedirle su opinión sobre cualquier cosa, decía: «A ver
lo que piensa de esto la Agencia Havas».

--Nosotros--solía decir Teodoro--aunque descendemos de las yerbas del
campo, que es el más bajo linaje que se conoce, nos hemos hecho árboles
corpulentos.... ¡Viva el trabajo y la iniciativa del hombre!...

Yo creo que los Golfines, aunque aparentemente venimos de maragatos,
tenemos sangre inglesa en nuestras venas.... Hasta nuestro apellido
parece que es de pura casta sajona. Yo lo descompondría de este modo:
_Gold_, oro... _to find_, hallar.... Es, como si dijéramos, buscador de
oro.... He aquí que mientras mi hermano lo busca en las entrañas de la
tierra, yo lo busco en el interior maravilloso de ese universo en
abreviatura que se llama el ojo humano.

En la época de esta veraz historia venía de América por la vía de
New-York Liverpool, y según decía, su expatriación había cesado
definitivamente; pero no le creían, por haber dicho lo mismo en otras
ocasiones y haber hecho todo lo contrario.

Su hermano Carlos era un bendito, hombre muy pacífico, estudioso,
esclavo de su deber, apasionado por la mineralogía y la metalurgia hasta
poner a estas dos mancebas cien codos más altas que su mujer. Por lo
demás, ambos cónyuges vivían en conformidad completa, o como decía
Teodoro, en estado _isomórfico_, porque cristalizaban en un mismo
sistema. En cuanto a él, siempre que se hablaba de matrimonio, decía
riendo:

--El matrimonio sería para mí una _Epigenesis_ o cristal
_pseudomórfico_; es decir, un sistema de cristalización que no me
corresponde.

Sofía era una excelente señora de regular belleza, cada día reducida a
menor expresión, por una tendencia lamentable a la obesidad. Le habían
dicho que la atmósfera de carbón de piedra enflaquecía, y por eso había
ido a vivir a las minas, con propósito de pasar en ellas todo el año.
Por lo demás, aquella atmósfera saturada de polvo de calamina y de humo
causábale no poco disgusto. No tenía hijos vivos, y su principal
ocupación consistía en tocar el piano y en organizar asociaciones
benéficas de señoras para socorros domiciliarios y sostenimiento de
hospitales y escuelas. En Madrid, y durante buena porción de años, su
actividad había hecho prodigios, ofreciendo ejemplos dignos de imitación
a todas las almas aficionadas a la caridad. Ella, ayudada de dos o tres
señoras de alto linaje, igualmente amantes del prójimo, había logrado
celebrar más de veinte funciones dramáticas, otros tantos bailes de
máscaras, seis corridas de toros y dos de gallos, todo en beneficio de
los pobres.

En el número de sus vehemencias, que solían ser pasajeras, contábase una
que quizás no sea tan recomendable como aquella de socorrer a los
menesterosos, y consistía en rodearse de perros y gatos, poniendo en
estos animales un afecto que al mismo amor se parecía. Últimamente, y
cuando residía en el establecimiento de Socartes, tenía un _toy terrier_
que por encargo le había traído de Inglaterra Ulises Bull, jefe del
taller de maquinaria. Era un galguito fino y elegante, delicado y mimoso
como un niño. Se llamaba Lili, y había costado en Londres doscientos
duros.

Los Golfines paseaban en los días buenos; en los malos tocaban el piano
o cantaban, pues Sofía tenía cierto chillido que podía pasar por canto
en Socartes. El ingeniero segundo tenía voz de bajo profundo, Teodoro
también era bajo profundo. Carlos allá se iba; de modo que armaban una
especie de coro de sacerdotes, en el cual descollaba la voz de Sofía
como una sacerdotisa a quien van a llevar al sacrificio. Todas las
piezas que se cantaban eran, o si no lo eran lo parecían, de sacerdotes
sacrificadores y sacerdotisa sacrificada.

En los días de paseo solían merendar en el campo. Una tarde (a últimos
de Setiembre y seis días después de la llegada de Teodoro a las minas)
volvían de su excursión en el orden siguiente: Lili, Sofía, Teodoro,
Carlos. La estrechez del sendero no les permitía caminar de dos en dos.
Lili llevaba su manta o gabancito azul con las iniciales de su ama.
Sofía apoyaba en su hombro el palo de la sombrilla, y Teodoro llevaba en
la misma postura su bastón, con el sombrero en la punta. Gustaba mucho
de pasear con la deforme cabeza al aire. Pasaban al borde de la
Trascava, cuando Lili, desviándose del sendero con la elástica ligereza
de sus patillas como alambres, echó a correr césped abajo por la
vertiente del embudo. Primero corría, después resbalaba. Sofía dio un
grito de terror. Su primer movimiento, dictado por un afecto que parecía
materno, fue correr detrás del animal, tan cercano al peligro; pero su
esposo la contuvo, diciendo:

--Deja que se lleve el demonio a Lili, mujer; él volverá. No se puede
bajar, porque este césped es muy resbaladizo.

--¡Lili, Lili!...--gritaba Sofía, esperando que sus amantes ayes
detendrían al animal en su camino de perdición, trayéndole al de la
virtud.

Las voces más tiernas no hicieron efecto en el revoltoso ánimo de Lili,
que seguía bajando. A veces miraba a su ama, y con sus expresivos
ojuelos negros parecía decirle: «Señora, por el amor de Dios, no sea
usted tan tonta».

Lili se detuvo en la gran peña blanquecina, agujereada, muzgosa, que en
la boca misma del abismo estaba, como encubriéndola. Fijáronse allí
todos los ojos, y al punto observaron que se movía un objeto. Creyeron
de pronto ver un animal dañino que se ocultaba detrás de la peña, pero
Sofía lanzó un nuevo grito, el cual antes era de asombro que de terror,
y dijo:

--Si es la Nela.... Nela, ¿qué haces ahí?

Al oír su nombre, la muchacha se mostró toda turbada y ruborosa.

--¿Qué haces ahí, loca?--repitió la dama--. Coge a Lili y tráemelo...
¡Válgame Dios, lo que inventa esta criatura! Miren dónde se ha ido a
meter. Tú tienes la culpa de que Lili haya bajado.... ¡Qué cosas le
enseñas al animalito! Por tu causa es tan mal criado y tan antojadizo.

--Esa muchacha es de la piel de Barrabás--dijo D. Carlos a su hermano--.
Mira dónde se ha ido a poner.

Mientras esto se decía en el borde de la Trascava, la Nela había
emprendido allá abajo la persecución de Lili, el cual, más travieso y
calavera en aquel día que en ningún otro de su monótona existencia, huía
de las manos de la chicuela. Gritábale la dama, exhortándole a ser
juicioso y formal; pero él, poniendo en olvido las más vulgares nociones
del deber, empezó a dar brincos y a mirar con descaro a su ama, como
diciéndole: «Señora, ¿quiere usted irse a paseo y dejarme en paz?»

Al final Lili dio con su elegante cuerpo en medio de las zarzas que
cubrían la boca de la cueva, y allí la mantita de que iba vestido fuele
de grandísimo estorbo. El animal, viéndose imposibilitado de salir de
entre la maleza, empezó a ladrar pidiendo socorro.

--¡Que se me pierde, que se me mata!--exclamó gimiendo Sofía--. Nela,
Nela, si me lo sacas, te doy un perro grande; sácalo... ve con
cuidado.... Agárrate bien.

La Nela se deslizó intrépidamente, poniendo su pie sobre las zarzas y
robustos hinojos que tapaban el abismo; y sosteniéndose con una mano en
las asperezas de la peña, alargó la otra hasta pillar el rabo de Lili,
con lo cual le sacó del aprieto en que estaba. Acariciando al animal,
subió triunfante a los bordes del embudo.

--Tú, tú, tú tienes la culpa--díjole Sofía de mal talante, aplicándole
tres suaves coscorrones--porque si no te hubieras metido allí... Ya
sabes que va tras de ti donde quiera que te encuentra.... ¡Qué buena
pieza!

Y luego, besando al descarriado animal y administrándole dos nalgadas,
después de cerciorarse de que no había padecido nada de fundamento en su
estimable persona, le arregló la mantita, que se le había puesto por
montera, y lo entregó a Nela, diciéndole:

--Toma, llévalo en brazos, porque estará cansado, y estas largas
caminatas pueden hacerle daño. Cuidado.... Anda delante de nosotros....
Cuidado, te repito.... Mira que voy detrás observando lo que haces.

Púsose de nuevo en marcha la familia, precedida por la Nela. Lili miraba
a su ama por encima del hombro de la Nela, y parecía decirle: «¡Ay,
señora; pero qué boba es usted!»

Teodoro Golfín no había dicho nada durante el conmovedor peligro del
hermoso Lili, pero cuando se pusieron en marcha por la gran pradera,
donde los tres podían ir al lado uno de otro sin molestarse, el doctor
dijo a la mujer de su hermano:

--Estoy pensando, querida Sofía, que ese animal te ocupa demasiado. Es
verdad que un perro que cuesta doscientos duros no es un perro como otro
cualquiera. Yo me pregunto por qué has empleado el tiempo y el dinero en
hacerle un gabán a ese señorito canino, y no se te ha ocurrido comprarle
unos zapatos a la Nela.

--¡Zapatos a la Nela!--exclamó Sofía riendo--. Y yo pregunto: ¿para qué
los quiere?... Tardaría dos días en romperlos. Podrás reírte de mí todo
lo que quieras... bien, yo comprendo que cuidar mucho a Lili es una
extravagancia... pero no podrás acusarme de falta de caridad.... Alto
ahí... eso sí que no te lo permito (al decir esto tomaba un tono muy
serio con evidente expresión de orgullo). Y en lo de saber practicar la
caridad con prudencia y tino, tampoco creo que me eche el pie adelante
persona alguna.... No consiste, no, la caridad en dar sin ton ni son,
cuando no existe la seguridad de que la limosna ha de ser bien empleada.
¡Si querrás darme lecciones!... Mira, Teodoro, que en eso sé tanto como
tú en el tratado de los ojos.

--Sí, ya sé, ya sé, querida, que has hecho maravillas. No me cuentes
otra vez lo de las funciones dramáticas, bailes y corridas de toros
organizadas por tu ingenio para alivio de los pobres, ni lo de las
rifas, que poniendo en juego grandes sumas, han servido en primer lugar
para dar de comer a unos cuantos holgazanes, quedando sólo para los
enfermos un resto de poca monta. Todo eso sólo me prueba las singulares
costumbres de una sociedad que no sabe ser caritativa sino bailando,
toreando y jugando a la lotería.... No hablemos de eso: ya conozco estas
heroicidades y las admiro: también eso tiene su mérito, y no poco. Pero
tú y tus amigas rara vez os acercáis a un pobre para saber de su misma
boca la causa de su miseria... ni para observar qué clase de miseria le
aqueja, pues hay algunas tan extraordinarias, que no se alivian con la
fácil limosna del ochavo... ni tampoco con el mendrugo de pan....

--Ya tenemos a nuestro filósofo en campaña--dijo Sofía con mal humor--.
¿Qué sabes tú lo que yo he hecho ni lo que he dejado de hacer?

--No te enfades, querida--replicó Golfín--; todos mis argumentos van a
parar a un punto, y es que debías haberle comprado zapatos a la Nela.

--Pues mira, mañana mismo se los he de comprar.

--No, porque esta misma noche se los compraré yo. No se meta usted en
mis dominios, señora.

--¡Eh!... Nela--gritó Sofía, viendo que la muchacha estaba a larga
distancia--. No te alejes mucho; que te vea yo para saber lo que haces.

--¡Pobre criatura!--dijo Carlos--. ¡Quién ha de decir que eso tiene diez
y seis años!

--Atrasadilla está. ¡Qué desgracia!--exclamó Sofía--. Y yo me pregunto,
¿para qué permite Dios que tales criaturas vivan?... Y me pregunto
también, ¿qué es lo que se puede hacer por ella? Nada, nada más que
darle de comer, vestirla hasta cierto punto.... Ya se ve... rompe todo
lo que le ponen encima. Ella no puede trabajar, porque se desmaya; ella
no tiene fuerzas para nada. Saltando de piedra en piedra, subiéndose a
los árboles y jugando y enredando todo el día y cantando como los
pájaros, cuanto se le pone encima conviértese pronto en jirones....

--Pues yo he observado en la Nela--dijo Carlos--algo de inteligencia y
agudeza de ingenio bajo aquella corteza de candor y salvaje rusticidad.
No, señor, la Nela no es tonta ni mucho menos. Si alguien se hubiera
tomado el trabajo de enseñarle alguna cosa, habría aprendido mejor
quizás que la mayoría de los chicos. ¿Qué creen ustedes? La Nela tiene
imaginación; por tenerla y carecer hasta de la enseñanza más
rudimentaria, es sentimental y supersticiosa.

--Eso es, se halla en la situación de los pueblos primitivos--dijo
Teodoro--. Está en la época del pastoreo.

--Ayer precisamente--añadió Carlos--pasaba yo por la Trascava y la vi en
el mismo sitio donde la hemos hallado hoy. La llamé, hícela salir, le
pregunté qué hacía en aquel sitio, y con la mayor sencillez del mundo me
contestó que estaba hablando con su madre.... Tú no sabes que la madre
de la Nela se arrojó por esa sima.

--Es decir, que se suicidó--dijo Sofía--. Era una mujer de mala vida y
peores ideas, según he oído contar. Carlos no estaba aquí todavía; pero
nos han dicho que se embriagaba como un fogonero. Y yo me pregunto:
¿Esos seres tan envilecidos que terminan una vida de crímenes con el
mayor de todos, que es el suicidio, merecen la compasión del género
humano? Hay cosas que horripilan; hay personas que no debieran haber
nacido, no señor, y Teodoro podrá decir todas las sutilezas que quiera,
pero yo me pregunto....

--No, no te preguntes nada, hermana querida--dijo vivamente Teodoro--.
Yo te responderé que el suicida merece la más viva, la más cordial
compasión. En cuanto a vituperio, échesele encima todo el que haya
disponible, pero al mismo tiempo... bueno será indagar qué causas le
llevaron a tan horrible extremo de desesperación... yo observaría si la
sociedad no le ha dejado abierta, desamparándole en absoluto, la puerta
de ese abismo horrendo que le llama....

--¡Desamparado de la sociedad! Hay algunos que lo están...--dijo Sofía
con impertinencia--. La sociedad no puede amparar a todos. Mira la
estadística, Teodoro; mírala y verás la cifra de pobres.... Pero si la
sociedad desampara a alguien, ¿para qué sirve la religión?

--Refiérome al miserable desesperado que reúne a todas las miserias la
miseria mayor, que es la ignorancia.... El ignorante envilecido y
supersticioso sólo posee nociones vagas y absurdas de la divinidad....
Lo desconocido, lejos de detenerle, le impulsa más a cometer su
crimen.... Rara vez hará beneficios la idea religiosa al que vegeta en
estúpida ignorancia. A él no se acerca amigo inteligente, ni maestro, ni
sacerdote. No se le acerca sino el juez que ha de mandarle a
presidio.... Es singular el rigor con que condenáis vuestra propia
obra--añadió con vehemencia, enarbolando el palo en cuya punta tenía su
sombrero--. Estáis viendo delante de vosotros, al pie mismo de vuestras
cómodas casas, a una multitud de seres abandonados, faltos de todo lo
que es necesario a la niñez, desde los padres hasta los juguetes... les
estáis viendo, sí... nunca se os ocurre infundirles un poco de dignidad,
haciéndoles saber que son seres humanos, dándoles las ideas de que
carecen; no se os ocurre ennoblecerles, haciéndoles pasar del bestial
trabajo mecánico al trabajo de la inteligencia; les veis viviendo en
habitaciones inmundas, mal alimentados, perfeccionándose cada día en su
salvaje rusticidad, y no se os ocurre extender un poco hasta ellos las
comodidades de que estáis rodeados.... ¡Toda la energía la guardáis luego
para declamar contra los homicidios, los robos y el suicidio, sin
reparar que sostenéis escuela permanente de estos tres crímenes!

--No sé para qué están ahí los asilos de beneficencia--dijo agriamente
Sofía--. Lee la estadística, Teodoro, léela, y verás el número de
desdichados.... Lee la estadística....

--Yo no leo la estadística, querida hermana, ni me hace falta para nada
tu estadística. Buenos son los asilos; pero no, no bastan para resolver
el gran problema que ofrece la orfandad. El miserable huérfano, perdido
en las calles y en los campos, desamparado de todo cariño personal y
amparado sólo por las corporaciones, rara vez llena el vacío que forma
en su alma la carencia de familia... ¡oh!, vacío donde debían estar, y
rara vez están, la nobleza, la dignidad y la estimación de sí mismo.
Sobre este tema tengo una idea, es una idea mía; quizás os parezca un
disparate.

--Dínosla.

--El problema de la orfandad y de la miseria infantil no se resolverá
nunca en absoluto, como no se resolverán tampoco sus compañeros los
demás problemas sociales; pero habrá un alivio a mal tan grande cuando
las costumbres, apoyadas por las leyes... por las leyes; ya veis que
esto no es cosa de juego, establezcan que todo huérfano, cualquiera que
sea su origen... no reírse... tenga derecho a entrar en calidad de hijo
adoptivo en la casa de un matrimonio acomodado que carezca de hijos. Ya
se arreglarían las cosas de modo que no hubiera padres sin hijos, ni
hijos sin padres.

--Con tu sistema--dijo Sofía--ya se arreglarían las cosas de modo que
nosotros fuésemos padres de la Nela.

--¿Por qué no?--repuso Teodoro--. Entonces no gastaríamos doscientos
duros en comprar un perro, ni estaríamos todo el santo día haciendo
mimos al señorito Lili.

--¿Y por qué han de estar exentos de esa graciosa ley los solteros
ricos? ¿Por qué no han de cargar ellos también con su huérfano, como
cada hijo de vecino?

--No me opongo--dijo el doctor, mirando al suelo--. ¿Pero qué es
esto?... ¡sangre!

Todos miraron al suelo, donde se veían de trecho en trecho pequeñas
manchas de sangre.

--¡Jesús!...--exclamó Sofía, apartando los ojos--. Si es la Nela. Mira
cómo se ha puesto los pies.

--Ya se ve.... Como tuvo que meterse entre las zarzas para coger a tu
dichoso Lili. Nela, ven acá.

La Nela, cuyo pie derecho estaba ensangrentado, se acercó cojeando.

--Dame al pobre Lili--dijo Sofía, tomando el canino de manos de la
vagabunda--. No vayas a hacerle daño. ¿Te duele mucho? ¡Pobrecita! Eso
no es nada. ¡Oh, cuánta sangre!... No puedo ver eso.

Sensible y nerviosa, Sofía se volvió de espaldas, acariciando a Lili.

--A ver, a ver qué es eso--dijo Teodoro, tomando a la Nela en sus brazos
y sentándola en una piedra de la cerca inmediata.

Poniéndose sus lentes, le examinó el pie.

--Es poca cosa; dos o tres rasguños.... Me parece que tienes una espina
dentro.... ¿Te duele?... Sí, aquí está la pícara.... Aguarda un momento.
Sofía, echa a andar, si te molesta ver una operación quirúrgica.

Mientras Sofía daba algunos pasos para poner su precioso sistema
nervioso a cubierto de toda alteración, Teodoro Golfín sacó su estuche,
del estuche unas pinzas, y en un santiamén extrajo la espina.

--¡Bien por la mujer valiente!--dijo, observando la serenidad de la
Nela--. Ahora vendemos el pie.

Con su pañuelo vendó el pie herido. Marianela trató de andar. Carlos le
daba la mano.

--No, no; ven acá--dijo Teodoro, tomando a Marianela por los brazos.

Con rápido movimiento levantola en el aire y la sentó sobre su hombro
derecho.

--Si no estás segura, agárrate a mis cabellos; son fuertes. Ahora, lleva
tú el palo con el sombrero.

--¡Qué facha!--exclamó Sofía, muerta de risa al verlos venir--. Teodoro
con la Nela al hombro, y luego el palo con el sombrero de Gessler....

-X-

Historia de dos hijos del pueblo

--Aquí tienes, querida Sofía--dijo Teodoro--un hombre que sirve para
todo. Este es el resultado de nuestra educación, ¿verdad, Carlos? Como
no hemos sido criados con mimos; como desde nuestra más tierna infancia
nos acostumbramos a la idea de que no había nadie inferior a
nosotros.... Los hombres que se forman solos, como nosotros nos
formamos; los que, sin ayuda de nadie, ni más amparo que su voluntad y
noble ambición, han logrado salir triunfantes en la _lucha por la
existencia_... sí ¡demonio!, estos son los únicos que saben cómo se ha
de tratar a un menesteroso. No te cuento diversos hechos de mi vida,
atañederos a esto del prójimo como a ti mismo, por no caer en el feo
pecado de la propia alabanza y por temor de causar envidia a tus rifas y
a tus bailoteos filantrópicos. Quédese esto aquí.

--Cuéntalos, cuéntalos otra vez, Teodoro.

--No, no... todo eso debe callarse; así lo manda la modestia. Confieso
que no poseo en alto grado esta virtud preciosa; yo no carezco de
vanidades, y entre ellas tengo la vanidad de haber sido mendigo, de
haber pedido limosna de puerta en puerta, de haber andado descalzo con
mi hermanito Carlos y dormir con él en los huecos de las puertas, sin
amparo, sin abrigo, sin familia. Yo no sé qué extraordinario rayo de
energía y de voluntad vibró dentro de mí. Tuve una inspiración.
Comprendí que delante de nuestros pasos se abrían dos sendas: la del
presidio, la de la gloria. Cargué en mis hombros a mi pobre hermanito,
lo mismo que hoy cargo a la Nela, y dije: «Padre nuestro que estás en
los cielos, sálvanos»... Ello es que nos salvamos. Yo aprendí a leer y
enseñé a leer a mi hermano. Yo serví a diversos amos, que me daban de
comer y me permitían ir a la escuela. Yo guardaba mis propinas; yo
compré una hucha.... Yo reuní para comprar libros.... Yo no sé cómo
entré en los Escolapios; pero ello es que entré, mientras mi hermano se
ganaba su pan haciendo recados en una tienda de ultramarinos....

--¡Qué cosas tienes!--exclamó Sofía muy desazonada, porque no gustaba de
oír aquel tema--. Y yo me pregunto: ¿a qué viene el recordar tales
niñerías? Además, tú las exageras mucho.

--No exagero nada--dijo Teodoro, con brío--. Señora, oiga usted y
calle.... Voy a poner cátedra de esto.... Oíganme todos los pobres,
todos los desamparados, todos los niños perdidos.... Yo entré en los
Escolapios como Dios quiso; yo aprendí como Dios quiso.... Un bendito
padre diome buenos consejos y me ayudó con sus limosnas.... Sentí
afición a la medicina.... ¿Cómo estudiarla sin dejar de trabajar para
comer? ¡Problema terrible!... Querido Carlos, ¿te acuerdas de cuando
entramos los dos a pedir trabajo en una barbería de la antigua calle de
Cofreros?... Nunca habíamos cogido una navaja en la mano; pero era
preciso ganarse el pan afeitando.... Al principio ayudábamos... ¿te
acuerdas, Carlos?... Después empuñamos aquellos nobles instrumentos....
La flebotomía fue nuestra salvación. Yo empecé a estudiar la anatomía.
¡Ciencia admirable, divina! Tanto era el trabajo escolástico, que tuve
que abandonar la barbería de aquel famoso maestro Cayetano.... El día en
que me despedí, él lloraba.... Diome dos duros y su mujer me obsequió
con unos pantalones viejos de su esposo.... Entré a servir de ayuda de
cámara. Dios me protegía dándome siempre buenos amos. Mi afición al
estudio interesó a aquellos benditos señores, que me dejaban libre todo
el tiempo que podían. Yo velaba estudiando. Yo estudiaba durmiendo. Yo
deliraba, y limpiando la ropa repasaba en la memoria las piezas del
esqueleto humano.... Me acuerdo que el cepillar la ropa de mi amo me
servía para estudiar la miología.... Limpiando una manga, decía:
«músculo deltoides, bíceps, gran supinador, cubital», y en los
pantalones: «músculos glúteos, psoas, gemelos, tibial, etc...» En
aquella casa dábanme sobras de comida, que yo llevaba a mi hermano,
habitante en casa de unos dignos ropavejeros. ¿Te acuerdas, Carlos?

--Me acuerdo--dijo Carlos con emoción--. Y gracias que encontré quien me
diera casa por un pequeño servicio de llevar cuentas. Luego tuve la
dicha de tropezar con aquel coronel retirado, que me enseñó las
matemáticas elementales.

--Bueno: no hay guiñapo que no saquen ustedes hoy a la calle--observó
Sofía.

--Mi hermano me pedía pan--añadió Teodoro--y yo le respondía: «¿Pan has
dicho?, toma matemáticas...» Un día mi amo me dio entradas para el
teatro de la Cruz; llevé a mi hermano y nos divertimos mucho; pero
Carlos cogió una pulmonía.... ¡Obstáculo terrible, inmenso! Esto era
recibir un balazo al principio de la acción.... Pero no, ¿quién
desmaya?, adelante... a curarle se ha dicho. Un profesor de la Facultad,
que me había tomado gran cariño, se prestó a curarle.

--Fue milagro de Dios que me salvara en aquel cuchitril inmundo, almacén
de trapo viejo, de hierro viejo y de cuero viejo.

--Dios estaba con nosotros... bien claro se veía.... Habíase puesto de
nuestra parte.... ¡Oh, bien sabía yo a quién me arrimaba!--prosiguió
Teodoro, con aquella elocuencia nerviosa, rápida, ardiente, que era tan
suya como las melenas negras y la cabeza de león--. Para que mi hermano
tuviera medicinas fue preciso que yo me quedara sin ropa. No pueden
andar juntas la farmacopea y la indumentaria. Receta tras receta, el
enfermo consumió mi capa, después mi levita... mis calzones se
convirtieron en píldoras.... Pero mis amos no me abandonaban... volví a
tener ropa y mi hermano salió a la calle. El médico me dijo: «que vaya a
convalecer al campo...» Yo medité... ¿Campo dijiste? Que vaya a la
escuela de Minas. Mi hermano era gran matemático. Yo le enseñé la
química... pronto se aficionó a los pedruscos, y antes de entrar en la
escuela, ya salía al campo de San Isidro a recoger guijarros.... Yo
seguía adelante en mi navegación por entre olas y huracanes.... Cada día
era más médico. Un famoso operador me tomó por ayudante; dejé de ser
criado.... Empecé a servir a la ciencia... mi amo cayó enfermo; asistile
como una hermana de la Caridad.... Murió, dejándome un legado... ¡cosa
graciosa! Consistía en un bastón, una máquina para hacer cigarrillos, un
cuerno de caza y cuatro mil reales en dinero. ¡Una fortuna!... Mi
hermano tuvo libros, yo ropa, y cuando me vestí de gente, empecé a tener
enfermos. Parece que la humanidad perdía la salud sólo por darme
trabajo.... ¡Adelante, siempre adelante!... Pasaron años, años... al fin
vi desde lejos el puerto de refugio después de grandes tormentas.... Mi
hermano y yo bogábamos sin gran trabajo... ya no estábamos tristes....
Dios sonreía dentro de nosotros. ¡Bien por los Golfines!... Dios les
había dado la mano. Yo empecé a estudiar los ojos y en poco tiempo
dominé la catarata; pero yo quería más.... Gané algún dinero; pero mi
hermano consumía bastante.... Al fin Carlos salió de la escuela...
¡Vivan los hombres valientes!... Después de dejarle colocado en
Riotinto, con un buen sueldo, me marché a América. Yo había sido una
especie de Colón, el Colón del trabajo; y una especie de Hernán Cortés;
yo había descubierto en mí un Nuevo Mundo, y después de descubrirlo, lo
había conquistado.

--Alábate, pandero--dijo Sofía riendo.

--Si hay héroes en el mundo, tú eres uno de ellos--afirmó Carlos,
demostrando gran admiración por su hermano.

--Prepárese usted ahora, señor semi-Dios--dijo Sofía--a coronar todas
sus hazañas haciendo un milagro, que milagro será dar la vista a un
ciego de nacimiento.... Mira, allí sale D. Francisco a recibirnos.

Avanzando por lo alto del cerro que limita las minas del lado de
Poniente, habían llegado a Aldeacorba y a la casa del señor de
Penáguilas, que echándose el chaquetón a toda prisa, salió al encuentro
de sus amigos. Caía la tarde.

Marianela - Segunda Parte

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.org

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.